La
Obra “Estudios de Derecho Procesal Penal”, fue editada en Buenos Aires,
Argentina, y la misma se distribuirá en Madrid (España), Buenos Aires
(Argentina), Bogotá (Colombia), Lima, México y Santiago de Chile, siendo
encargada de la distribución: la empresa Mapuche Distribuciones, Talcahuano 481, 2do. Piso, Oficina 13,
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miércoles, 1 de agosto de 2018
martes, 17 de abril de 2018
martes, 10 de abril de 2018
POLITO...MI QUERIDO VIEJO
¡Oh, Dios mío! ¿Qué decir, qué palabras pronunciar, qué verbos o
vocablos escribir, cuando se despide a un hombre que además de ser su padre
biológico, fue un gran maestro, la última raíz que sostenía, con orgullo y
valentía, ese árbol frondoso que tantas veces derramó luz sobre nosotros? ¿Cómo
despedir a alguien que ha estado, está y estará siempre, profundamente
vinculado con los más altos ideales religiosos, de la decencia y de la
honestidad? ¿Cómo despedir a alguien que nunca le tuvo miedo a la muerte, que
aceptó que ella –la muerte– forma parte esencial de la vida? ¿Cómo separar el
dolor y desterrar las imágenes, los recuerdos, sin perder la serenidad y el
aplomo que reflejaba su sola presencia? Difícil cuando no imposible. Por
designios ignotos de la vida, me ha tocado despedir en el Huerto del Señor, a los seres que más he amado en toda mi vida.
(Primero fue a Don Manuel Jesús Meléndez, mi siempre idolatrado y admirado Papa
Chú…). Polito, el viejo Polo, así
llamaba yo a mi amado padre, un hombre que cometió muchos errores, y, como
cristiano, cometió muchos pecados, como los hemos cometidos todos los hijos de
Dios, desde la creación del macrocosmo. Sin embargo, en sus imperfecciones humanas, de continuo buscó enmendar sus faltas o
traspiés, y nos enseñó a sus hijos, que la honradez, la dignidad, la lealtad,
son principios y valores que de ningún modo, debemos apartar de nuestra
formación ciudadana, si aspiramos a construir un mundo mucho mejor, donde
prevalezca la equidad social y el bien común. Pese a su longevidad y larga enfermedad, en
absoluto perdió la lucidez y la sagacidad de su imaginación. Sus hijos nos
habíamos “preparado” para el desenlace natural de su final terrenal. En mi caso particular, pensé que yo lo
aceptaría como él tanta veces me lo había pedido, en las múltiples tertulias,
que ambos mantuvimos, ora en los viajes a San Pedro, ora en los hermosos
poblados de los Andes venezolanos, ora en el Caney de su casa, acostados cada
uno en una hamaca, conversaciones que casi siempre versaban sobre literatura,
poesía o la historia local de Carora; sus análisis del acontecer político diario
eran certeros, resultados,
probablemente, de su madurez, de su honda erudición. Le fallé. No le cumplí al
viejo Polo. Porque me ha costado mucho aceptar su desaparición física. Saber
que no podemos tocarlo, ni oír sus consejos, sus “regaños”, que ya no estará
físicamente con nosotros, me ha dolido mucho, y, a solas, he llorado como un
niño. El día que lo sembramos en el camposanto, esa noche, le hice una promesa:
al día siguiente busqué a mi hermano Hipólito José (Cheo) Álvarez, hablé con él
y a la vez que le pedí perdón, le comenté que no quería cometer el mismo error
que nuestro padre había cometido con su hermano Jesús María Álvarez. Esa mañana
sentí que el viejo Polo, me tomaba de la mano, y se alegraba de ver a sus
malcriados hijos abrazados. Muchos son los que me dicen que heredé su carácter.
Quizás sea así. Lo cierto es que nunca voy a olvidar sus enseñanzas, el buen y
digno ejemplo que nos deja a toda su descendencia. Se nos fue el viejo Polo. Se
me fue Polito. ¿Con quién conversar de los temas existenciales de la poesía, a
quién confiarle mis alegrías y desilusiones? Hace años me dijiste, ¡Oh, padre!,
que la vida era hermana de la muerte, y que la muerte viene junta con el
olvido. Pues bien, Polito, hoy yo vuelvo a repetirle lo que aquel entonces fue mi
respuesta: cuando se quiere de veras, nunca se olvida. Y mi amor por usted es perenne, sempiterno,
como el suyo por su bienamada madre. leopermelcarora@yahoo.es
miércoles, 21 de marzo de 2018
SOBRE ADRIÁN GUACARÁN Y CARORA
Sobre
Adrián Guacarán y Carora. Pocos saben que el cantante venezolano, que
falleciera, por la ausencia de medicamentos (una muestra más de la debacle que
vive –padece– el país, como consecuencia
del gobierno integrado por peligrosos delincuentes que nos corroe, azota, y ha
obligado a muchos, a irse del país) estuvo en Carora. Si, efectivamente, el otrora niño prodigio que
le cantara en alguna ocasión, al hoy Santo Juan Pablo II estuvo en Carora, hasta
visitó la casa de Mama Goya, donde actualmente, habita Jesús Manuel Meléndez,
hijo de mi Luis Alberto Meléndez. El señor Williams López, un bohemio
empedernido, de noble corazón, de espíritu pueril, a quien Raquelita y yo, le
debemos habernos sacado ( invitado) a muchos actos o actividades, que, por
diversas razones, Raquelita y yo, no podíamos costearnos. En fin, un sábado, al
mediodía, Williams López, llevó a Adrián Guacarán a casa de Mama Goya, y en la
misma se encontraban mi padre –el Viejo Polo– y Goyito. En su oportunidad,
Polito me contó los hechos, y como él proviene de una cultura ancestral muy
religiosa, me advirtió que ese fue uno de los días más sublimes jamás vivido
por él: haber conocido personalmente "al niño que le cantó al su Santidad
Juan Pablo II". Tiempo después, el mismo Williams López, me corroboró la
anécdota que hoy traigo a colación, debido al lamentable deceso de Adrián
Guacarán. "Tú padre se emocionó muchísimo, le dio un gran abrazo a Adrián
Guacarán, y tu madre ese día nos dio café, jugo y panes...". Sin entrar en
detalles religiosos, siempre le agradecí ese noble gesto a Williams López, de
llevar a ese artífice de la música a mí casa, para que mis viejos los conociera
en persona. Tengo entendido, que permaneció tres días en Carora, presentándose
en el otrora Centro Social y Deportivo de Pueblo Aparte (lugar donde también
acudió el cantante Oswaldo Morales, el de los éxitos de "Cinco
Centavitos", "Perdámonos", en 1986, el cual tuve la ventura de estar
presente en dicha actuación: verlo en su silla de ruedas, escuchar su voz
inconfundible, sí, Oswaldo Morales, quien es considerado uno de los Maestros
que profesó apoyo al solista José Luis Rodríguez. Williams López, nos llevó a
Raquelita y a mí a su casa, y él –Oswaldo Morales– nos mostró los reconocimientos que había
recibido durante sus años de gloria, fotografías...Pese al tiempo transcurrido,
1985/1986, mantengo intactos en mi memorias esos momentos inolvidables...),
observando, aprendiendo parte de la Carora, histórica y costumbrista, que ha
ido desapareciendo, por las malas políticas de los gobernantes locales de
turno. Adrián Guacarán muere joven, a la edad de 44 años. Fue utilizado y
olvidado por el Estado. Murió a la misma edad que Francis Scott Key Fitzgerald,
escritor estadounidense, autor entre otros cuentos, de El curioso caso de Benjamín Button, cuya obra fue reconocida
ampliamente después de su muerte. Así pasará, seguramente, con Adrián Guacarán,
y el mismo gobierno, que no hizo nada, para ayudarlo en su penosa enfermedad,
le pondrá su nombre a algún boulevard de Caracas, o, a una plazoleta del barrio
que lo vio nacer, le colocarán una placa, de bronce, y en la misma, los
transeúntes, leerán: "En homenaje a Adrián Guacarán, el Niño venezolano
que le cantó al Papa Su Santidad Juan Pablo II".
SOBRE EL REALISMO MÁGICO DE
CARORA Y LOS RIESGOS DE LA LITERATURA
-1-
Cuando escribí la crónica Mi Regreso a la Sultana del Ávila, yo tenía apenas diecinueve años
de edad. Hoy en día tengo cincuenta y un
años. No me arrepiento de haberlo escrito y publicado. Aunque está claro
–evidente e irrebatible– que el Leonardo de aquél entonces y el de hoy, en nada se parecen. Tiempo después que escribiera Mi regreso a la Sultana del Ávila (Vid. Elucubraciones
de un Caroreño, 1992; Corte de
Apelaciones, 2014) cayeron en mis manos, no pocos libros bibliográficos de
personas que, en su vida mundana, fueron personas pérfidas e inicuas, verbigracia, Pablo de Tarso (Saulo), quien luego de perseguir y matar a los
cristianos, fue elegido por el propio Jesús de Nazaret, para que llevara su
palabra a regiones remotas, convirtiéndose en uno de los grandes pilares
fundamentales del cristianismo. Santa María Magdalena, a pesar de haber sido
una prostituta, una hermosísima pecadora de los placeres terrenales, no sólo
fue perdonada por nuestro Señor Jesucristo, sino que fue de las pocas personas,
que estuvo al lado de la Madre de Jesús,
durante el martirio, tormento, suplicio,
que padeció el hijo de Dios; estuvo, digo, a los pies de la cruz,
acompañando a María, la Madre de Jesús; y, estuvo presente cuando sepultaron
los restos del más grande de todos los hombres nacidos en este mundo. Por si
ello fuera poco, es la primera persona a quien se aparece Jesús de Nazaret, ya
resucitado. En cuanto a la figura del
Papa, o mejor, de los Papas, hay quienes, dedicados a escudriñar la historia,
han descubierto que muchos pontífices –Vicarios de Cristo– tuvieron hijos. El Papa Inocencio I, sucedió a su padre
biológico, el Papa Anastasio I. El Papa
Silverio, fue elegido Cabeza de la Iglesia (Sumo Pontífice), trece años después
de que muriese su padre, el Papa Hormisdas.
Estos cuatros Vicarios de Cristo, son Santos de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. El Papa Nº 48 de la Iglesia Católica, es San
Félix III (483 – 492). Tuvo dos hijos,
antes de ser elegido para suceder al Papa Simplicio en la silla de San Pedro
(Primer Papa). Era hijo de sacerdote y estuvo casado. El abuelo paterno del Maestro, Don Luis
Beltrán Guerrero, es el sacerdote
Domingo Vicente Oropeza, padre biológico de Don Alejandro Meléndez, a su vez,
padre natural del más grande humanista del siglo XX venezolano. No voy a entrar en detalles si los sacerdotes
tienen derecho o no, a tener familia. Cuando se publicó mi libro Corte de Apelaciones (2014), hice un par
de comentarios a pie de página a mi crónica Mi
Regreso a la Sultana del Ávila, donde mencioné a mi gran amigo, el
Presbítero y Licenciado en Teología y Filosofía, Ramón Luis Crespo Lobato –de
grata recordación–, a quien obsequié mi libro Corte de Apelaciones, para que leyera lo que yo había escrito sobre
él. Su respuesta fue su acostumbrada sonrisa y sin darle importancia alguna,
ese día platicamos sobre el acontecer político y otros tópicos de Carora y sus
gentes. Antes de salir publicada mi novela Cementerio
de Voces, él –el Presbítero Ramón Luis Crespo Lobato– la leyó completa, en
el año 2012, y cada vez que nos veíamos solía preguntarme cuándo se publicaría.
Nunca hubo ningún reclamo de parte suya, porque Ramón –en el lenguaje del
cariño y afecto familiar– era un hombre
muy culto, un gran conocedor de la literatura universal, y un incansable lector
de cuanto libros caían en sus manos. Sin que
quede duda alguna, él fue el sacerdote caroreño más culto y académico
nacido en el siglo XX. Me acompañó a mediados del año 2014, en un
acto público, cuando fui designado como orador de orden en el Concejo Municipal
de Torres, en la conmemoración del Aniversario del Ateneo de Carora “Guillermo
Morón”, del cual era Miembro Honorario. Nunca le llegué a preguntar
directamente, si era cierto o no, lo que en toda Carora se comentaba. Muchos a
sus espaldas, lo criticaban, y él lo sabía. Nunca nuestra amistad se
rescabrajó. Su amado padre llevó a mi casa la tarjeta de invitación a su
ordenación sacerdotal en la Ciudad de Caracas, y a la misma asistí acompañado
de mi primo Julio Antonio Meléndez. Leyó mi novela y nunca hubo ningún reproche
hacia mi persona. Pero, acá entre nos,
¿Qué de malo hay que un eclesiástico, sacerdote o Ministro del Señor, tenga
hijos? San Ignacio de Loyola (1491 – 1566), tuvo una hija, mucho antes de ser
declarado Santo, por la Iglesia
Católica, Apostólica y Romana. ¿A qué viene todo este cuento? ¿Qué se trae
entre manos, este demonio de Leonardo?, se preguntará el erudito y estudioso
lector. Muy simple: si bien en una ocasión señalé algunas circunstancias nimias
acerca de mi otrora profesor de artes, en mi artículo Mi Regreso a la Sultana del Ávila, quiero dejar constancia
inequívoca y cierta, que el Dr. Alberto Álvarez Gutiérrez, aún no era
sacerdote, y quizás, ni pensaba serlo. Era, simplemente, un hombre común y
corriente. Un educador prestado a la abogacía, hasta que recibió –años más
tarde– el llamado genuino y verdadero de Dios, Padre Omnipotente y
Omnipresente. Cuando el segundo Obispo
de Carora, Monseñor Ulises Antonio Gutiérrez,
hubo de ser trasladado a la Arquidiócesis de Ciudad Bolívar, con frecuencia visitaba mi casa materna,
Monseñor Carlos Alberto Murillo, quien es noble y distinguido amigo de mi
familia, sobre todo de mis padres, Doña Gregoria Urbana Meléndez y Don Hipólito
Álvarez Betancourt. Con él, con el Padre Murillo, como acostumbro a llamarlo
–afectivamente– entablé varias tertulias referidas, a quién de los sacerdotes caroreños actuales,
podría ser el indicado para suceder al hoy Arzobispo, Monseñor Ulises Antonio
Gutiérrez Reyes. Ambos –afortunadamente–
coincidíamos que, sólo un hombre era el adecuado: el Presbítero, Dr. Alberto
Álvarez Gutiérrez, quien, además, de
haber sido un ilustre e ilustrado educador, como abogado demostró sabiduría y
humildad, cualidades difíciles de encontrar –penosamente– en la mayoría de los
egresados de las escuelas de Derechos de las diversas casas de estudios del país.
Alberto Álvarez Gutiérrez, o “Betote”
–como afectuosamente es nombrado por quienes lo conocen– tiene una
particularidad: es un hombre honesto. Un hombre digno. Decente. Honorable. Así
lo reconocen, propios y extraños; en otras palabras, el pueblo entero. La voz
del pueblo caroreño. El viejo proverbio
vox populi, vox Dei (“La voz del
pueblo, [es] la voz de Dios”), no se cumplió en esta oportunidad. Toda Carora,
todos los carorenses, rezábamos para que el Papa Francisco, designará al
Presbítero, Dr. Alberto Álvarez Gutiérrez, como el tercer Obispo de la Diócesis
de Carora. Sordideces humanas no lo
permitieron. En su lugar, fue nombrado Mons. Luis Armando Tineo Rivera. El Presbítero, Dr. Alberto Álvarez Gutiérrez,
no solo ha sido un consumado servidor de Dios, sino que, a lo largo del tiempo,
se constituyó en una referencia notable en la academia y en la educación
venezolana, así como en un conspicuo escritor de prosa pulimentada y perdurable
como el mármol imperecedero. Sus obras, La
Confesión de Fe en Monseñor Salvador Montes de Oca, y, Sobre Ramón Pompilio Oropeza, se hayan en un sitio predilecto en mi
biblioteca. Sigo pensando que él –el Presbítero, Dr. Alberto Álvarez Gutiérrez–
merecía haber sido nombrado –para honra de Carora– el tercer Obispo de la
Diócesis de Carora.
-2-
Confieso que soy cristiano ortodoxo. No fanático. Mucho
menos adulante. Guardo relación amistosa con varios sacerdotes venezolanos.
Algunos han sido alumnos míos, a nivel de postgrado, como el Presbítero, Dr.
Gerardo Moreno, a quien tuve el magno honor de prologar una novela suya: Amor en 3D. A nivel de bachillerato, o
de educación media, tuve el privilegio de darle clases a tres jóvenes que luego
de obtener el título de Bachiller, oyeron el llamado de Dios Padre (Abba) y
escogieron el camino del sacerdocio. Como, por ejemplo, el Presbítero y Lic.
Mario Piñango, sacerdote de la Parroquia San José de Siquisique, Municipio
Urdaneta del estado Lara, es uno de mis amigos y además, uno de mis ex alumnos
más aventajados. El Presbítero, Magíster y Licenciado Jaime Vivas, es otro gran
amigo, a quien recuerdo, por haberse acercado a mi oficina, en los días postreros,
del secuestro y asesinato de mí hermano Luis Alberto Meléndez Meléndez. El
Padre Jaime Vivas, es un hombre ecuánime, académico y erudito en filosofía
y teología. El Presbítero y Licenciado,
José Gregorio Quero Sierra, es otro sacerdote admirable, a quien conozco desde
mi infancia, por estar cerca su casa de la mía, allá en la Calle San José, de
la Guzmana. Es un clérigo consagrado tan solo a la Iglesia Católica, Apostólica
y Romana. Con frecuencia lo he visto visitar el caserío de San Cristóbal (de
Aregue), mi macondo, mi pedacito de cielo, a dar misas y oigo sus ceremonias en
silencio y completas, sin salirme del templo o de la capilla, porque me
entusiasma su sencillez, lo cual es propio del hombre sabio. Aunque no es
entusiasta de la literatura de ficción, es un erudito en tópicos teológicos y
filosóficos, y sigue al pie de la letra, los mandatos de la Iglesia. Docto en
asuntos religiosos, místicos y escolásticos. Mi álter ego, mi otro yo narrador, fabulador, relata en la novela Cementerio de Voces –escrita a cuatro
manos, pues, según mi álter ego, mi
difunto hermano Luis Alberto, lo ayudó a escribirla– un comentario baladí,
vacío, nimio, pueril, que oyó de una
abogada, acerca del Presbítero y Licenciado, José Gregorio Quero Sierra. Seguro
estoy que la intención de mi álter ego,
no fue perniciosa.
Si bien, en ocasiones, no comparto su manera de actuar y de escribir, sé
perfectamente que en su corazón no hay un ápice de malquerencia o perversidad
contra nadie, su pasión es la literatura, la poesía, como la mía es el Derecho
Procesal Penal. Lo sé, porque su corazón es mío también, a pesar de que a él (álter ego) le guste andar de bluyín y
suéter, y a mí de flux y corbatas. Tanto
mi álter ego como yo, sabemos que el
Presbítero y Licenciado José Gregorio Quero Sierra, es un hombre honrado,
decente, y honorable. Uno de los sueños del Licenciado y Teólogo, José Gregorio
Quero Sierra –dueño de un hidalgo corazón–
es convertir la Iglesia Nuestra Señora de la Chiquinquirá de Aregue en Basílica Menor;
como lo es la Basílica Menor Nuestra Señora de la Coromoto y lo es la Basílica
de la Chinita, Maracaibo, desde el año 1921. Mi sueño es otro: Quisiera que el
cuarto Obispo que sea designado para la Diócesis de Carora, sea un caroreño, y
él es mi candidato. Dos caroreños se graduaron con honores en Roma: Ramón Luis
Crespo Lobato y José Gregorio Quero Sierra. Ambos recibieron los pergaminos
académicos de manos de Su Santidad, el Papa Juan Pablo II, santo en vida y
canonizado después de muerto, cuya imagen en una medalla me acompaña siempre,
porque lo admiré en vida y leí parte de sus encíclicas.
-3-
Soy
cristiano, creo en Abba, pero no soy sectario, fanático ni extremista. Para los
católicos, Santa María Magdalena fue una prostituta. En Cambio, para los
caballeros templarios, ello formó parte de una ignominia contra el legado de
María Magdalena. He leído que María Magdalena jamás fue prostituta. Existen
evangelios prohibidos por la Iglesia Católica, Apostólica y Romana,
verbigracia, el Evangelio prohibido de San Bernabé. La obra Templarios, hijos del Sol y el Hijo de la
Promesa, de Cesar Imbellone, es uno de los tantos libros vedados a los
católicos. A comienzo de
la década de los ochenta –el 28
de marzo de 1980, para ser preciso– unos
obreros descubrieron la cripta o mausoleo de Talpiot al escarbar las
raíces de un bloque de edificaciones en el este de Talpiot. Encontraron una tumba de unos 2000 años de
antigüedad. Para grandes investigadores, ése sepulcro no era otro que la tumba
de Jesús, el hijo de María y José El Carpintero. En el año 2001, el actor español Antonio
Banderas, protagonizó una película, cimentada en la novela El
Cuerpo –The body– del
escritor Richard Sapir. La película versa sobre el descubrimiento
arqueológico de la tumba de Jesucristo. La recomiendo, pero no quiero entrar en
detalles; lo que sí quiero aducir,
es, que, hace ya algún tiempo, a alguien le escuché comentar que si “Jesús de Nazaret, no era hijo de Dios; es el
único en toda la humanidad, que ha merecido serlo”, máximas que me
absorbieron tanto, que, en determinadas ocasiones, frecuento citar a mis educandos. Respeto
las ideas ajenas. Pero soy de los que no se sientan en la misma mesa, con
aquellos que creen que sólo ellos son dueños de la verdad absoluta. Me da
pavor. Me da miedo. Siempre le he temido a la ignorancia y a la estupidez.
Juandemaro Querales, Míster Solo,
cree que es posible que Jesús de Nazaret haya vivido y muerto en Cachemira, y
le da la razón al escritor Andreas Faber-Káiser; cree inclusive que Jesús tuvo
descendencia con Magdalena; yo, en cambio, como sé que el Presbítero Carlos
Vivas, y mi bienamada madre, leerán ésta crónica, me abstengo de dejar
constancia de mi discernimiento.
viernes, 2 de marzo de 2018
domingo, 9 de diciembre de 2012
viernes, 29 de octubre de 2010
EL VIEJO POLO
Revisando mis anaqueles –atiborrados de libros, epístolas, fotos, que sólo yo, de cuando en cuando, veo y acaricio– encontré varios poemas escritos por mi padre, don Hipólito Antonio Álvarez; algunos se remontan a la décadas de los noventa; publicados en su mayoría en la otrora Universidad de los Caroreños: El Diario de Carora. A través de los años, el viejo Polo, ha demostrado –por medio de sus pensamientos– que es un aeda auténtico, autodidacta que nunca ha obedecido ni obedecerá a preceptos de ninguna escuela o tendencia literaria. Lector incansable. Seguidor de la obra de Rubén Darío, Andrés Eloy Blanco y Federico García Lorca. A pesar de ello, jamás ha podido –y en eso, quizás nos parecemos a él– nutrir su espíritu con las lecturas de los grandes maestros; porque nunca le interesó –menos ahora– la gloria o el olvido de la vida; simplemente, escribe, porque siente la necesidad de cantarle a los pájaros, a la tierra y, en cierto modo, a su pasado. El viejo Polo –como lo llaman en la intimidad familiar– nació un 26 de enero de 1925 en la mariana población de Aregue; para ser más concreto, en el caserío de La Cruz Verde. Lo soleado de las tardes, la noche entristecida, la infancia, el recuerdo de los abuelos, el polvorín de la quebrada, las caminatas con doña María Álvarez, la necesidad de hacerse hombre antes de tiempo, los silencios prolongados con su hermano mayor, don Jesús María Álvarez, se increparon con fuerza y para siempre en su alma. Cierto que su temática es envejecida; sí, pero está ceñida a una espiritualidad, realmente envidiable. Probablemente, en ello nos diferenciamos. Un fantasma rodea su entorno: el recuerdo de su madre muerta. A ella, a mi abuela (a quien recuerdo claramente llevándole unas copas de cristal a mi madre, allá en la lejana casa solariega de la calle San José, y trayéndome carritos llenos de caramelos) dedica gran parte de su producción poética, la cual he recopilado para publicarla el año entrante, bajo el título de Ventanal Poético. leopermelcarora@yahoo.es
ERA MI MADRE
La vi pasar y no era ella.
Pero cuando dobló la esquina la conocí.
Era mi madre.
No quería verme.
Era tan grande su dolor,
tan grande que me rechazó
por el sólo hecho de tomar
su tristeza
entre mis manos…
A pesar de tener tiempo
mucho tiempo
sin verla,
la contemplé y al momento
su rostro me abrazó
con el tierno lirio de su amor
maternal.
¡Oh, madre! Aún ausente
por los designios de la vida
yo te recuerdo como si estuvieras
en mis sueños,
en mis días,
en mis rezos…
ERA MI MADRE
La vi pasar y no era ella.
Pero cuando dobló la esquina la conocí.
Era mi madre.
No quería verme.
Era tan grande su dolor,
tan grande que me rechazó
por el sólo hecho de tomar
su tristeza
entre mis manos…
A pesar de tener tiempo
mucho tiempo
sin verla,
la contemplé y al momento
su rostro me abrazó
con el tierno lirio de su amor
maternal.
¡Oh, madre! Aún ausente
por los designios de la vida
yo te recuerdo como si estuvieras
en mis sueños,
en mis días,
en mis rezos…
viernes, 23 de abril de 2010
PURGATORIO
(A Alessandra Victoria Coronel; Jacqueline T.; A. Sinarai; M. B; ellas saben por qué…Dedico)
-***-
“Les aseguro que no estoy enfermo créanme
ni me suceden a menudo estas cosas
pero pasó que estaba en un baño
cuando vi algo como un ángel
"Cómo estás, perro" le oí decirme
bueno -eso sería todo
Pero ahora los malditos recuerdos
ya no me dejan ni dormir por las noches”
Raúl Zurita
Raúl Zurita
Debo aclarar que el título de ésta crónica lo tomo prestado de la última obra de Tomás Eloy Martínez, sobresaliente novelista que nació el 16 de Julio de 1934 – para gloria de Sudamérica – y falleciera el 31 de Enero de 2010; y, aunque se casó – para no ser casado – y tuvo numerosas mujeres; su magno amor fue sin vacilación: Susana Rotker. Pero hoy no quiero hablar de literatura ni de cómo me vi obligado a comprar ésta obra que hace más de tres meses pedí a un amigo me la remitiera a mi lugar de destierro, ya que – por ahora, como dijera mi Comandante en Jefe en 1992 – no tengo trabajo alguno, y estoy triste, al mejor estilo de César Abraham Vallejo Mendoza: porque me da la gana. Por lo demás, tengo un torbellino de dudas rodando por mi cabeza. Ayer mi hermano Luis Alberto, cumplió dieciséis meses de muerto. He procurado recordar una que otra enseñanza bíblica y de nada me ha servido. ¿Cuántos libros religiosos, metafísicos, teológicos y filosóficos me he leído desde la época de mi bachillerato? Incontables. No por venir de un hogar clásico, plenamente religioso, católico: no, nada de eso. Por mi curiosidad intelectual. Nada más. Cuando murieron mis abuelos maternos, Papa Chú y Mama Teresa, me sumergí en ese laberinto profundo de la fe. Más adelante, cuando falleció mi hermano mayor, Jorge Franklin, yo – permítaseme la individualidad – hablaba de ello con mi hermano Luis Alberto. Él – Luis – era profundamente católico. Creyente en Dios y en la Virgen María en la advocación de la Chiquinquirá de Aregue. En mi caso particular, más por costumbre que por obligación, lo acompañaba a misa como en ocasiones hago con mis viejos padres, si bien, en más de una ocasión, me retiro del recinto eclesiástico, para no oír las peroratas del presbítero. (Y, créanme que no soy ningún apóstata ni nada que se parezca a ello). Dieciséis meses cumplió mi hermano de muerto. Dieciséis meses que unos truhanes, sin la valentía de dar la cara, lo asesinaron, cobardemente. Mi hermano Luis, tenía la costumbre de levantarse temprano, y antes de salir a trabajar, para llevar el sustento de su sudor a su familia, se persignaba y rezaba a las imágenes de la Virgen de Chiquinquirá y de San Benito. Por mi parte, yo – ¡por favor! Dispénseme mi yoismo o petulancia, como cariñosamente me dice el colega Dr. Ramón Pérez Linárez – también me levanto temprano. Y como Luis, también me persignaba y rezaba-sí, rezaba, mejor: oraba – y le pedía a la imagen de la Virgen de Lourdes que mi esposa me obsequió hace muchos años, por la salud y el bienestar de mis padres; pedía – sí, lo hacía – por todos y cada unos de mis hermanos; por mis hermanos de padre y madre; por mis hermanos de madre; y, por mis hermanos de padre; por mis hijos; por mi esposa; por una que otra gata…Bueno en fin, por todas las personas allegadas a mí. Desde que mataron a Luis, ya no lo hago. Ni rezo ni oro. Ni pido por nadie. Tampoco pido nada para mí. Ni siquiera después del vil atentado del que fui víctima el 19 de diciembre próximo pasado. (Por cierto, en esos días – permanecí 35 días en tres clínicas diferentes – recibí numerosas esquelas y mensajes de alientos, y uno de ellos, escrito por el Dr. Ramón Pérez Linárez, me hizo llorar en variadas ocasiones; no podía comenzar su lectura…Hasta que una tarde, parca y silenciosa, le pedí a mi hermosa bruja que me buscara la carta que Ramón me había escrito: ¡Y al fin! Conseguí leerla sin derramar una lágrima) Para paliar este dolor que socaban mis entrañas, me he dedicado mucho más a la lectura. Actualmente estoy escribiendo un libro sobre el debido proceso y la presunción de inocencia en el proceso penal que había dejado inconcluso, y del cual, solía comentarle a Luis, quien sin ser abogado o letrado, siempre se interesaba por mis cosas, sintiéndose orgulloso, cuando una que otra vez, y quizás por equivocación, yo ganaba algún premio. También he retomado un poemario que no tiene nombre sino arañazos y gemidos...Cada vez recuerdo el rostro demacrado de mi amada madre, una anciana de 82 años; y de mi viejo, de 85 años, quienes a cada rato me preguntaban – ya no lo hacen – cómo iban las investigaciones… Sé que están, posiblemente, como mi fe en el Creador: perdida... En verdad no sé si habrá justicia para mi hermano. Sé que ello no lo resucitará ni lo regresará a la vida. Hace unos días dialogando con un eminente colega mío, quien, del mismo modo, ha soportado adversidades, y, en todas ha salido airoso, le manifestaba que, con el tiempo, las heridas producidas por los sicarios que intentaron matarme, yo estaba seguro que no solo lo superaría sino que, asimismo, no le guardaría rencor ni odio a esas personas, que en el fondo, son merecedoras de misericordia, porque – inequívocamente – fueron criadas sin amor a la humanidad. En cambio, la muerte de mi hermano Luis Alberto en absoluto voy a superarlo. Viviré con ese dolor. Me acostumbraré a ese dolor. Me asiré al dolor de haber perdido a mi hermano. Es una lástima que ninguno de sus dos hijos varones se parezcan a él. En nada se parecen a mi hermano Luis Alberto. Han deshonrado su memoria. Por ello, de un tiempo a esta parte, he dejado de creer en el hombre. Desde tiempos inmemoriales el hombre ha buscado la esperanza en la eternidad. Ha creado mitos e íconos, viviendo por siglos, asido a la mentira. ¿Qué ello es sustancialmente fantástico, mágico? Por supuesto. Aporta tranquilidad, como cualquier quimera. Cuando recibo por facebook fotografías de mis hermanos fallecidos, como hoy, en la que fui etiquetado por mi hermana Raquelita, no encuentro palabras cómo expresar este sentimiento de añoranzas y tristeza que día a día, aprisiona lo que queda de mi ser.
martes, 20 de noviembre de 2007
APRECIACIÓN PROBATORIA DE LAS ENTREVISTAS EFECTUADAS A `TESTIGOS` EN LA FASE INTRODUCTORIA
(Al Dr. Francisco Daniel Meléndez Rodríguez, excelso penalista, agudo investigador, pero ante todo honesto y cabal ciudadano, dedico)
En realidad, en la fase preparatoria o de investigación, no hay testigos, sino simplemente, informantes. No puede haber testigos, porque en ésta etapa introductoria el Ministerio Público, está buscando los elementos de convicción, que le sirvan para ejecutar el acto conclusivo; además que las personas llamadas a declarar por el representante de la vindicta pública, lo hacen casi siempre en el despacho del fiscal, o por ante los organismos policiales auxiliares; no expresan sus conocimientos por ante el Tribunal de Control, salvo que, algunas de las partes soliciten un anticipo de prueba, conforme lo prevé la normativa procesal contemplada en el articulo 307 del Código Orgánico Procesal Penal. De tal manera que, las personas que comparecen a declarar y son entrevistadas en el despacho fiscal o en los órganos policiales auxiliares, no obtienen la condición de testigo sino cuando exponen por ante los tribunales. Es en los órganos jurisdiccionales donde son juramentados y obligados a decir o revelar la verdad. Por lo cual, las denominadas actas de entrevistas practicadas a ‘testigos’ en la fase introductoria, no pueden---no deben, es lo apropiado--- ser incorporadas al juicio oral y público, bajo la figura de prueba documental, como lo indica el artículo 339 del COPP, porque al hacerlo, se vulnera el principio de separación de funciones y el debido proceso. En el sistema acusatorio el fiscal no puede suplantar la figura del juez. La única forma que las declaraciones dadas por los informantes en la fase preparatoria, puedan ser incorporadas al debate probatorio, es que a petición de las partes, el Juez de Control, haya practicado y, obviamente, presenciado el acto, en el cual, el Ministerio Público, la Defensa Técnica y el Querellante, si lo hubiere, asumen la oportunidad de ejercer el contradictorio. Se recibirá como prueba documental. La declaración rendida por ante el despacho del Ministerio Público, o por ante los organismos policiales subalternos, no pueden ni deben ser consideradas por el Juez de Juicio---bien sea unipersonal o constituido con escabinos — con valor probatorio para dictar una sentencia condenatoria, pues carece del fundamento de la prueba preconstituida,[1] y, fehacientemente, no tiene el carácter de prueba anticipada, porque las partes no pudieron ejercer cabalmente el principio contradictorio. Personalmente, apreciamos que al aceptar las entrevistas a ‘testigos’ como prueba documental en el debate oral y pedir al deponente su ratificación—en caso de que comparezca al juicio oral y público---se quebranta el debido proceso, no solo por expresa contravención del principio de inmediación, ya que, esa declaración no fue lograda ante el órgano jurisdiccional; además el principio de igualdad procesal y de defensa. Ello porque ni el imputado --- lo adecuado es hablar de acusado, pues en esta fase ya la acusación fiscal ha sido admitida por el Juez de Control --- ni el defensor técnico llegó a examinar al ‘testigo’ entrevistado en la fase inicial del proceso penal; por consiguiente, y siguiendo el criterio del jurista español Manuel Miranda Estrampes, la declaración rendida por ante el Ministerio Público, no tiene “la consideración de mínima actividad probatoria de cargo apta para destruir la presunción de inocencia”. Así mismo las nombradas actas policiales no deben ser ofertadas, mucho menos admitidas, como prueba documental, porque a pesar de haberse practicado de acuerdo a la legalidad constitucional, no poseen la condición de anticipo de prueba; por lo que, so pena de nulidad, lo ideal, es que corresponde ser promovidos como testigos, los funcionarios actuantes, esto es, los que, participaron en los hechos investigados, a fin de que las partes puedan ejercer la contradicción en el debate oral.
Permitir la lectura de las actas policiales, y valorarlas como prueba documental, desnaturaliza el sistema penal acusatorio, e implica retomar al retorcido sistema inquisitivo, que aún impera en la mente de no pocos jueces ignaros y apáticos, subordinados borregos al Poder Ejecutivo en contraste con los principios democráticos, de funciones ajustadas, autónomas y controladas. Las actuaciones policiales, tienen, a nuestro juicio, el valor de un simple trámite policial de procedimiento administrativo-instructivo, que sirve para obtener un elemento de convicción, a fin de establecer la existencia del hecho delictivo; pero que carece de eficacia probatoria para condenar a una persona. El profesor universitario y ex —juez rector del Circuito Judicial Penal del Área Metropolitana de Caracas, Dr. Frank E. Vecchionacce I., en su sobresaliente monografía Ofertas de Pruebas, publicada en la revista de las Cuartas Jornadas de Derecho Procesal Penal, de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas, afirma que “la oferta de pruebas será también violatoria, (Omissis), si es equivoca, es decir, si se propone un medio de prueba desnaturalizándose, como cuando se ofrece como testigo al experto, o al revés, o cuando se ofrece como documento lo que, por esencia, no es documento, o cuando se ofrece como experticia lo que es inspección, etc.”. (Lo subrayado es mío). ¿Hay contradicción en la etapa preparatoria? Por supuesto. No obstante dicho principio tiene lugar sin las garantías de la publicidad, o la inmediación y la concentración, por cuanto, éstos son garantías propias de la prueba como tal, y no actos de investigación. Por ello al ser incorporadas ilegalmente con el carácter de prueba documental se infringe el principio de la legalidad de las pruebas. En la fase introductoria o preparatoria, en la actividad probatoria, en principio no interviene el juez, a excepción claro está de los procedimientos de anticipos de pruebas, o en los casos en los cuales se afecte algún derecho de las partes. A nuestro modo de ver, cuando el Juez de Control, admite las actas de entrevistas efectuadas a ‘testigos’, como pruebas documentales, y éstas son valoradas en su materialización por el Juez de Juicio, se incumple en forma absoluta, el principio de oralidad y el de inmediación, aparte del principio de legalidad de prueba; debido a que dichas entrevistas, efectuadas por ante el despacho del fiscal del Ministerio Público, o en la sede de los órganos policiales auxiliares del Ministerio Público, permitirá sustentar el acto conclusivo que deberá ser presentado por ante el Juez de Control. Pero carecen de valor probatorio para condenar.[2] Es un error de mucha relevancia equiparar la naturaleza de un acta policial con la de una prueba documental.
El Dr. Julio Elías Mayaudón, en su obra El Debate Judicial en el Proceso Penal, adecuadamente, apunta que “si en un acta policial los funcionarios de investigación señalan un acontecimiento descubierto por ellos y vinculado al hecho punible investigado, tales funcionarios deben ser promovidos como testigos y no presentar el acta policial como documento, que no adquiere la característica de prueba para esa fase del proceso”. (Mío son los subrayados).
Por otra parte, El Dr. Roberto Delgado Salazar, en su obra Las Pruebas en el Proceso Penal Venezolano, explica que “las actas procesales, contentivas de declaraciones u otras actuaciones del proceso, no deben tenerse en puridad como documentos, en el sentido de ser objetos de la prueba documental que se lleva al proceso para reconstruir el hecho materia de la investigación o el juicio”. Coincidimos con el jurista Delgado Salazar, el razonamiento que hace en cuanto a que no hay que confundir los “documentos procesales”, con los “documentos de pruebas o pruebas documentales”, pues, si a ver vamos, indudablemente, como él asevera, todo el expediente es un documento procesal. Del mismo modo nos advierte que en ocasiones el medio de comisión del delito si constituyen prueba documental, y menciona algunos ejemplos, que nosotros, desde acá, amplificamos, pues no solamente constituye prueba documental la falsificación de un cheque, sino también la adulteración de un importe cambiario, la simulación de un documento de identidad cometida por funcionario o por un particular, e incluso la destrucción, ocultamiento o supresión de documentos.[3] En no pocas oportunidades, el Máximo Tribunal de la República se ha pronunciado en el sentido de que se violenta el principio de la oralidad cuando se ordena la incorporación, para su lectura, en el debate oral, de actas de entrevistas efectuadas a informantes en la fase de investigación; sin embargo los Jueces de Juicio y de Control, continúan haciendo caso omiso de tales jurisprudencias.
[1] Invito a leer la obra Prueba Prohibida y Prueba Preconstituida, de José María Asensio Mellado.
[2] El Dr. Amado Carrillo, ex — presidente del Circuito Judicial Penal del estado Lara, tiene una obra aún inédita, que orienta perfectamente, como debe ser la valorización real de las actas policiales. Es su tesis de grado para obtener la especialización en Derecho Procesal Penal en la Universidad Fermín Toro de Barquisimeto. En conversaciones sostenidas con él, antes de su leve gloria y descomunal caída dentro del Circuito Judicial Penal del estado Lara, expreso que no estaba de acuerdo que se condenara a una persona, con la sola presentación de actas policiales. Argüía que ello era ilegal, y que se violentaba el debido proceso. Ignoro si como Magistrado de la Corte de Apelaciones del estado Lara, cumplió con lo que él mismo señala en su tesis de grado. Ignoro se habrá cambiado de criterio.
[3] Recomendamos la lectura de la obra del Dr. José Rafael Mendoza Tróconis, Curso de Derecho Penal Venezolano, Parte especial, Caracas, 1973. Por cierto, el laureado escritor y poeta larense, ex – diplomático Dr. Teódulo López Meléndez, donó la obra completa del Dr. José Rafael Mendoza Tróconis, al Ateneo de Carora “ Guillermo Morón”, hace más de una década; a su vez, dicha colección me fue obsequiada, por el Dr. Juandemaro Querales, a través de la señora Chela Herrera, de grata recordación.
martes, 16 de octubre de 2007
POEMAS TRASNOCHADOS
¿A qué hora
la muerte duerme?
¿Exactamente qué rostro
es hoy?
¿Qué tan inmortal es Dios?
la muerte duerme?
¿Exactamente qué rostro
es hoy?
¿Qué tan inmortal es Dios?
SOBRE EL DETONANTE DE LA CRISIS CARCELARIA
(A las Doctoras Celina Hernández y Gilda Sequera Yépez, porque honrar, honra)
No vamos a tocar puntos referentes a las causas de la criminalidad, su origen, como tampoco abordaremos el tema de la rehabilitación cierta o falsa que se atribuye a la pena de privación de la libertad; mucho menos hablaremos de la abolición, total o parcial de las penas privativas de libertad y su posible sustitución por los subrogados penales. Lo dejaremos para otra oportunidad. Por ahora nos interesa reflejar a grosso modo el problema carcelario actual. El régimen penitenciario venezolano no sirve para nada. El Estado nunca se ha preocupado realmente ni se ha propuesto solucionar la crisis del sistema penitenciario. Ineptos funcionarios desconocedores de los factores criminológicos, internos y externos, en cuanto al tratamiento de los reclusos, son los que rigen los destinos de las cárceles e instituciones penitenciarias. Para estos funcionarios incapaces e inidóneos, la Constitución Nacional y la Ley de Régimen Penitenciario, como las demás leyes, sólo sirven para dictar conferencias y clases en amplios salones con aire acondicionado. No dejan de tener razón. Cuando uno recuerda la lectura de libros, como por ejemplo “Papillón”, del francés Henri Charriére; “Brota la Vida”, de Mumia Abu-Jamal; “Instinto Asesino”, de Jacqués Mesrine; “De Profundis”, de Oscar Wilde; o “La Historia fea de Caracas y otras historias criminológicas” ; ” Las cárceles de Venezuela”, de Elio Gómez Grillo, por caso, se acrecienta aún más ese sentimiento de creer que nada ha cambiado ni cambiará. El Estado siempre ha mantenido oculto el problema carcelario. Ante la opinión pública se corre la cortina sólo cuando ocurren casos de extrema gravedad, como los ocurridos en días recientes en el Centro Penitenciario de la Región Centro Occidental (Uribana). Nadie se atreve, salvo uno que otro político pantallero con más ganas de protagonismo que de otra cosa, a opinar sobre tan escabroso tema, por temor a ser considerado antipopular, y no obtener votos, pues, al decir del periodista Carlos Zavarce, “Se supone que los votantes quieren mano dura y no bondades con quienes trasgreden las leyes”. Aunado al hacinamiento, al ocio galopante que reina en las cárceles venezolanas, se suma esta espasmódica cobardía. No hay alimentos para los reclusos. No importa, esos son criminales. No hay más espacio físico para reclusos. No importa, esos son bazofias humanas. No hay medicinas ni personal médico adecuado para los reclusos. No importa, esos son delincuentes. De esa manera piensa el más común de los políticos, obviando por completo las necesidades más elementales de quienes por una u otra causa son privados de su libertad. De esa manera piensa el hombre mediocre.
En el año 1986 la Dra. Sonia Sgambatti, afirmaba que “con el nuevo código--- la Dra. Sagabatti se refería a lo que hoy es el COPP – dejaremos a un lado la morosidad judicial que representa para el Estado una pesada carga económica, de vigilancia, de justicia y de conciencia”. Sin embargo, el Estado a través del Poder Judicial mantiene un retraso judicial, indebido e injustificado, muchas veces, tan igual o quizás peor que el de los años ochenta. El personal administrativo y técnico las más de las veces carece de una verdadera preparación académica y profesional.
Fundamentalmente allí radica el problema carcelario. Sin apartarse desde luego de la pregunta de las mil lochas: ¿Quiénes ingresan la droga y el armamento en los centros penitenciarios? ¿La Guardia Nacional? ¿Los Funcionarios adscritos al Ministerio de Justicia y de Interior? ¿Existe complicidad entre ambos organismos? ¿La crisis carcelaria es un problema insoluble? ¿La solución está en construir más cárceles? Preguntémosle a Robert Gangi: No, porque “construir más prisiones para detener el delito es como construir más cementerios para detener las enfermedades mortales”. No se disminuye la criminalidad creando más centros e Instituciones penitenciarias. Esa es una política equivocada y superflua, representativa del hombre anodino. Mientras no apliquemos una política socioeconómica real y material en la cual se integre a todos los ciudadanos sin distingo de ninguna especie, el índice delictivo continuará en aumento y se demostrará una vez más el fracaso del sistema penal venezolano. No es cuestión de ocultarse y evadir el bulto. La responsabilidad que cada uno tenemos. Debemos humanizar las cárceles. Debemos humanizarnos. Del contrario, más que una sociedad desnuda (Vance Packard) seremos - ¿o ya lo somos? – una sociedad de cómplices. El Dr. Ramón Pérez Linárez, eminente penalista larense, refiriéndose al problema carcelario, señaló, con sorna, a propósito de un discurso de ocasión: “Dante no fue procesado venezolano, ni fue a una cárcel venezolana; si lo hubiese hecho, hubiera desistido de pintar el infierno, lo hubiera copiado y lo hubiera pintado mejor”. Sin duda alguna, Ramón.
Nota Bene: Le sugiero al abogado Leopoldito Navas leer el artículo del Dr. Elio Gómez Grillo publicado en el diario El Nacional del Martes 25/03/03, Cuerpo A7/8. Sección Opinión, ello porque no “entendió” mi explicación en clases de la Dra. Gilda Sequera Yépez. Salud.
En el año 1986 la Dra. Sonia Sgambatti, afirmaba que “con el nuevo código--- la Dra. Sagabatti se refería a lo que hoy es el COPP – dejaremos a un lado la morosidad judicial que representa para el Estado una pesada carga económica, de vigilancia, de justicia y de conciencia”. Sin embargo, el Estado a través del Poder Judicial mantiene un retraso judicial, indebido e injustificado, muchas veces, tan igual o quizás peor que el de los años ochenta. El personal administrativo y técnico las más de las veces carece de una verdadera preparación académica y profesional.
Fundamentalmente allí radica el problema carcelario. Sin apartarse desde luego de la pregunta de las mil lochas: ¿Quiénes ingresan la droga y el armamento en los centros penitenciarios? ¿La Guardia Nacional? ¿Los Funcionarios adscritos al Ministerio de Justicia y de Interior? ¿Existe complicidad entre ambos organismos? ¿La crisis carcelaria es un problema insoluble? ¿La solución está en construir más cárceles? Preguntémosle a Robert Gangi: No, porque “construir más prisiones para detener el delito es como construir más cementerios para detener las enfermedades mortales”. No se disminuye la criminalidad creando más centros e Instituciones penitenciarias. Esa es una política equivocada y superflua, representativa del hombre anodino. Mientras no apliquemos una política socioeconómica real y material en la cual se integre a todos los ciudadanos sin distingo de ninguna especie, el índice delictivo continuará en aumento y se demostrará una vez más el fracaso del sistema penal venezolano. No es cuestión de ocultarse y evadir el bulto. La responsabilidad que cada uno tenemos. Debemos humanizar las cárceles. Debemos humanizarnos. Del contrario, más que una sociedad desnuda (Vance Packard) seremos - ¿o ya lo somos? – una sociedad de cómplices. El Dr. Ramón Pérez Linárez, eminente penalista larense, refiriéndose al problema carcelario, señaló, con sorna, a propósito de un discurso de ocasión: “Dante no fue procesado venezolano, ni fue a una cárcel venezolana; si lo hubiese hecho, hubiera desistido de pintar el infierno, lo hubiera copiado y lo hubiera pintado mejor”. Sin duda alguna, Ramón.
Nota Bene: Le sugiero al abogado Leopoldito Navas leer el artículo del Dr. Elio Gómez Grillo publicado en el diario El Nacional del Martes 25/03/03, Cuerpo A7/8. Sección Opinión, ello porque no “entendió” mi explicación en clases de la Dra. Gilda Sequera Yépez. Salud.
SOLAMENTE, LORENA PIÑERO
"Los hombres de talento se asemejan a los grandes mostines, que no se preocupan de los perrillos y cuando un hombre es verdaderamente grande no responde a las críticas, porque sabe que el callar es el remedio para las sátiras”.
Clemente XIV, Papa.
El profesor margariteño y altísimo bardo de elevado numen, Gustavo Pereira, en su libro “El Peor de los Oficios”, indaga, interpela, pregunta con un dejo de irónica tristeza: “¿Quién, entre los poetas de nuestro tiempo, en la casilla correspondiente a profesión u oficio se ha atrevido a colocar la palabra Poeta?”. Yo, desde estas tierras larenses, me atrevo a contestarle: Solamente, Lorena Piñero. Efectivamente, Lorena Alejandra Piñero Olaizola (1977), no ha mucho parió – sí, así a secas: parió – dos pequeños hijos: “Tentaciones” y “Poesías y reflexiones de una sonrisa de Dios”, sendos poemarios editados por la Universidad Fermín Toro de Barquisimeto, de donde egresó el pasado año 2003, con el fastuoso título de Abogado. Sin embargo, su verdadero oficio, su verdadera profesión, es la de Poeta, con post grado en Sueños y Bienestar, summa cum laude, niveles académicos, que ya quisiera tener más de un mortal. Esta “Sonrisa de Dios”, como la llamó el Dr. Jesús Antonio Herrera, nació con parálisis cerebral, terrible enfermedad neurológica, que no ha podido vencer, ni vencerá nunca, la fortaleza de un ser tan especial que bien puede ser comparada con los ángeles que Rainer María Rilke coloreó en su poesía. La vida no es más que un juego de palabras .Sin sofismas ni dogmas. La búsqueda de la palabra es un incesante desafío en la obra poética de Lorena Piñero. Íntimamente, sin saberlo ni proponérselo, ha logrado conocer a Dios. Cierto que el deseo poético, la técnica de Lorena Piñero, desordenada como es natural en todo bisoño vate, se resigna a leves expresiones, cotidianas, habituales, arrinconadas en un lenguaje literario pobre en formación, insatisfecho en signos. No obstante, felizmente, o, desgraciadamente, para decirlo al estilo de Jorge Luis Borges, la autora de “Tentaciones” tiene talento, dosis suficiente que le permite diferenciarse del hombre tradicional. Si no abandona la investigación literaria, la estética de su prosa, seguramente, tendrá un lugar muy privilegiado, en el mundo literario venezolano. De una breve lectura a sus libros, descubro que la poesía es el instrumento que Lorena Piñero esgrime – si cabe el término – para sobrevivir a los vaivenes de la vida. Ha hecho de la palabra su escudo protector, y como armas utiliza el amor, la comprensión, el perdón, sentimientos que, difícilmente, emergen hoy en día en cualquier ser humano. Hay expresiones, dudas, y una transpirada angustia, dispersa en ocasiones, en las reflexiones poéticas de Lorena Piñero, que eso es, al fin y al cabo, lo que constituyen: reflexiones. El poema, ya llegará en su justo momento. No hay que desesperarse. Lorena Piñero, así lo entiende y lo sabe. Hay un mundo por delante, lleno de “tentaciones” y de “sonrisas de Dios”, sólo falta encontrar y hacerse el camino. Yo sé que Lorena Piñero, un día de estos, el día menos esperado encontrará el camino de la poesía.
Post Data: El 27 de febrero un grupo de abogaditos peorros caroreños, que a pesar de tener varios años de graduados no tienen ni siquiera una oficinita propia, “penalistas” porque dan pena, en la panadería de UFT, hicieron unos comentarios malsanos que relacionan a la Dra. Lorena Piñero con mi persona. Yo quisiera leer algún día un libro escrito y publicado por ellos. Quisiera leer algo original de ellos, aunque sea un escritito judicial. Pero sé que me moriré con las ganas. Porque a esos infelices les falta lo que a Lorena Piñero le sobra: ¡Talento!
El profesor margariteño y altísimo bardo de elevado numen, Gustavo Pereira, en su libro “El Peor de los Oficios”, indaga, interpela, pregunta con un dejo de irónica tristeza: “¿Quién, entre los poetas de nuestro tiempo, en la casilla correspondiente a profesión u oficio se ha atrevido a colocar la palabra Poeta?”. Yo, desde estas tierras larenses, me atrevo a contestarle: Solamente, Lorena Piñero. Efectivamente, Lorena Alejandra Piñero Olaizola (1977), no ha mucho parió – sí, así a secas: parió – dos pequeños hijos: “Tentaciones” y “Poesías y reflexiones de una sonrisa de Dios”, sendos poemarios editados por la Universidad Fermín Toro de Barquisimeto, de donde egresó el pasado año 2003, con el fastuoso título de Abogado. Sin embargo, su verdadero oficio, su verdadera profesión, es la de Poeta, con post grado en Sueños y Bienestar, summa cum laude, niveles académicos, que ya quisiera tener más de un mortal. Esta “Sonrisa de Dios”, como la llamó el Dr. Jesús Antonio Herrera, nació con parálisis cerebral, terrible enfermedad neurológica, que no ha podido vencer, ni vencerá nunca, la fortaleza de un ser tan especial que bien puede ser comparada con los ángeles que Rainer María Rilke coloreó en su poesía. La vida no es más que un juego de palabras .Sin sofismas ni dogmas. La búsqueda de la palabra es un incesante desafío en la obra poética de Lorena Piñero. Íntimamente, sin saberlo ni proponérselo, ha logrado conocer a Dios. Cierto que el deseo poético, la técnica de Lorena Piñero, desordenada como es natural en todo bisoño vate, se resigna a leves expresiones, cotidianas, habituales, arrinconadas en un lenguaje literario pobre en formación, insatisfecho en signos. No obstante, felizmente, o, desgraciadamente, para decirlo al estilo de Jorge Luis Borges, la autora de “Tentaciones” tiene talento, dosis suficiente que le permite diferenciarse del hombre tradicional. Si no abandona la investigación literaria, la estética de su prosa, seguramente, tendrá un lugar muy privilegiado, en el mundo literario venezolano. De una breve lectura a sus libros, descubro que la poesía es el instrumento que Lorena Piñero esgrime – si cabe el término – para sobrevivir a los vaivenes de la vida. Ha hecho de la palabra su escudo protector, y como armas utiliza el amor, la comprensión, el perdón, sentimientos que, difícilmente, emergen hoy en día en cualquier ser humano. Hay expresiones, dudas, y una transpirada angustia, dispersa en ocasiones, en las reflexiones poéticas de Lorena Piñero, que eso es, al fin y al cabo, lo que constituyen: reflexiones. El poema, ya llegará en su justo momento. No hay que desesperarse. Lorena Piñero, así lo entiende y lo sabe. Hay un mundo por delante, lleno de “tentaciones” y de “sonrisas de Dios”, sólo falta encontrar y hacerse el camino. Yo sé que Lorena Piñero, un día de estos, el día menos esperado encontrará el camino de la poesía.
Post Data: El 27 de febrero un grupo de abogaditos peorros caroreños, que a pesar de tener varios años de graduados no tienen ni siquiera una oficinita propia, “penalistas” porque dan pena, en la panadería de UFT, hicieron unos comentarios malsanos que relacionan a la Dra. Lorena Piñero con mi persona. Yo quisiera leer algún día un libro escrito y publicado por ellos. Quisiera leer algo original de ellos, aunque sea un escritito judicial. Pero sé que me moriré con las ganas. Porque a esos infelices les falta lo que a Lorena Piñero le sobra: ¡Talento!
¿QUÉ ES LA DICOTOMÍA DE LA PRUEBA?
El culto hombre de leyes y erudito cubano-venezolano y conferencista de alto nivel, Dr. Eric Lorenzo Pérez Sarmiento, en su soberbia obra ,1 expone que la dicotomía de la prueba “consiste en su comportamiento dual durante el proceso”, esto es, que la prueba tiene una actividad estipulada en las distintas fases del proceso penal. De tal modo que en la fase o etapa preparatoria o investigativa la prueba—así lo concibe varios autores, entre ellos el propio Pérez Sarmiento, no obstante que en ese período inicial del proceso penal no debe hablarse de pruebas sino de actos de investigación o fuentes de pruebas--- sirve para demostrar “ la comprobación del cuerpo del delito, la individualización del imputado, su aseguramiento personal y el de sus bienes, el sobreseimiento o la decisión de enjuiciamiento”, y ya en el debate oral, la prueba ----aquí si es acertado el término--- tiene como colofón o designio “ la demostración de la responsabilidad del acusado en el juicio oral, o de su inocencia, en su caso”.
La mayoría de los doctrinarios –españoles, argentinos, colombianos, costarricenses, en cuyos países se instituyó el procedimiento acusatorio mucho antes que en nuestro pueblo--- han mantenido que las diligencias efectuadas en la fase preparatoria o de investigación, no constituyen prueba alguna; apoyándose que la prueba nace y se produce en el juicio o debate oral. Otros, como el Doctor en Filosofía del Derecho y egregio jurista de envidiables méritos, Eric Pérez Sarmiento, consideran que las “informaciones aportadas por los medios”, no son más que “fuentes de pruebas”, objetando que las actividades que se realizan en la etapa investigativa en la búsqueda de la verdad, son pruebas, y estas pueden ser promovidas “ en todo momento”, hasta la culminación de la fase preparatoria o de investigación, mientras que para promover u ofertar la prueba para su materialización en el juicio oral y público, la ley establece una oportunidad para que las partes promuevan las que consideren menester para demostrar sus asertos, consiguiendo ofertar nuevas pruebas , siempre que se desconozcan de su existencia con posterioridad a la celebración de la audiencia preliminar.
Compartimos el criterio conforme al cual las diligencias trabajadas en la fase preparatoria, no son pruebas,* sino actos de investigación, que sirven ora para identificar, ora para inspeccionar, ora para revelar y resguardar evidencias del hecho punible, y, en ocasiones, del presunto delincuente; dichos actos de investigación van a proporcionar elementos de convicción para que el fiscal determine el acto conclusivo , pero como bien lo señala el autor español y Magistrado Dr. Manuel Miranda Estrampes, en la instrucción criminal---fase de investigación o preparatoria-- no existen medios de pruebas, sino medios de obtención de las fuentes de pruebas. La dicotomía de la prueba, que aún no ha sido estudiada ni analizada a cabalidad, ** consiste en que los actos de investigación o diligencias realizadas en la fase introductoria o investigativa no tendrán valor probatorio alguno, hasta tanto no sean ofertados o promovidos, y estos por supuesto hayan sido admitidos y practicados en el juicio oral, lo que, acarrea, según el Dr. Pérez Sarmiento, “decantación de la prueba y la metarmofosis de la prueba”. Por metamorfosis de la prueba, debemos deducir la mutación que advierten los resultados de los actos de investigación realizados en la primera fase del proceso penal para ser incorporados al debate oral y público. En tanto que la decantación de la prueba es la purificación o depuración de los actos de pruebas, que llegaran al juicio oral, sin contaminación alguna. Esto quiere decir que las partes deben promover las pruebas en la oportunidad procesal que le confiere la Ley Adjetiva Penal y estas ser admitidas para su ejecución en el juicio oral, deduciéndose que no podrán ser valoradas o incorporadas al debate oral, las que sean promovidas extemporáneamente, vale apuntar, fuera del lapso legal. En este punto existen diversidad de opiniones: Para algunos autores—tal es la opinión del Magistrado de la Sala de Casación Penal del Tribunal Supremo de Justicia y Doctor en Derecho, Julio Elías Mayaudón2--- si el acto de la Audiencia Preliminar es suspendida y fijada para una fecha posterior, ello debe ser aprovechado por el Defensor Técnico del imputado “que no haya promovido las pruebas en el lapso fijado para la celebración de la audiencia suspendida”. Según este autor la defensa—o el imputado---podrá desplegar o presentar su escrito de ofrecimiento de pruebas, y de no admitirse el escrito de promoción de pruebas, sería violatorio del derecho a la defensa, aún alegando “la preclusión de los actos procesales”. Actualmente la jurisprudencia del Máximo Tribunal de la República, ha aceptado, mayoritariamente, el razonamiento del Magistrado Julio Elías Mayaudón. Sin embargo, hay quienes---entre los que opto anotarme---consideran que las partes no pueden acomodar o disponer de forma inoportuna de los lapsos que consagran la ley para cumplir con sus obligaciones, pues de permitirse esto, se violentaría principios esenciales relativos al debido proceso y a la igualdad procesal de las partes. Consideramos que el defensor debe estar pendiente de lo que sucede en el proceso e inclusive debe responder cuando por desidia o inopia ha dejado transcurrir el lapso con que cuenta para presentar su escrito de pruebas, sin dejar en el tintero lo establecido por la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, al señalar que “ los lapsos procesales legalmente fijados y jurisdiccionalmente aplicados no pueden considerarse simples ´formalismos´, sino que éstos son elementos ordenadores del proceso, esenciales del mismo”. Los lapsos procesales no pueden, en definitiva, eternizarse indefinidamente, toda vez que el proceso penal acusatorio se inspira, ciertamente, en principios, derechos y garantías constitucionales, pero no puede retroceder a etapas ya sucumbidas, en detrimento del debido proceso y del principio de preclusividad de los actos procesales.
1. La Prueba en el Proceso Penal Acusatorio. 2da. Edición. Vadell Hermanos Editores. 2003.
2. El Debate Judicial en el Proceso Penal. Vadell Hermanos Editores. 2004.
* Excepcionalmente, la ley adjetiva penal permite la materialización o evacuación anticipada de comprobadas pruebas, lo que, generalmente, conocemos como la prueba anticipada, en la fase investigativa o preparatoria.
EL VALOR PRÁCTICO DE LA JUSTICIA
(II PARTE)
Guillermo Morón, el más grande historiador vivo con que cuenta el país, y uno de los humanistas más prestigioso de Sudamérica, ha dicho que “la palabra justicia fue inventada por los poetas (naturalmente); el ser de la justicia fue meditado por los filósofos (lógicamente); la acción de la justicia fue usurpada por los políticos (irremediablemente). Es por eso que la justicia continúa siendo una palabra”. Puede que uno no comparta los ideales de éste “escritor de provincia” como él mismo acostumbra llamarse; pero, se necesita ser un pérfido ignaro para pretender opacar la gran obra humanística del autor de El Gallo de las Espuelas de Oro, y no estar de acuerdo con él cuando nos advierte que: “una mentira legalmente procesada sustituye a la verdad. La administración de la justicia ya nada tiene que ver ni con la verdad ni con la moral ni con la justicia. La administración de la justicia es una injusticia”. (Sobre la Justicia y otras tonterías. Editorial Roble, Caracas, 1976). Han pasado 31 años desde que el Dr. Guillermo Morón publicara ese libro y, hoy por hoy, la justicia, en definitiva, no es justicia. Por ello, confieso, con un dejo de castidad, que a estas alturas de mi vida, no estoy del todo convencido de la justicia que imparten nuestros “instruidos” jueces. Vale la pena recordar a Max Lerner, citado por Javier Gómez de Liaño, en su en su monografía intitulada La doliente Justicia, quien es de la opinión que “un gran juez es aquel que tiene mentalidad flexible, una compasión por los menesterosos, un rechazo a ser intimidado por el poder, una capacidad para vivir con las contradicciones de la vida y una gran aptitud para separar lo permanente de lo transitorio”. Por mi parte, confieso que sólo un magistrado he conocido con esas probidades: la Dra. Lida Álvarez de Briceño*, honorable juez que supo impartir justicia con equidad y firmeza; intachable e incorrupta, moralidades que—vale acotar---el filósofo Juan Luis Vives, enunciaba en los tiempos de Tomás Moro y Montaigne. En el boletín Nº 1 de la Red Andina de Justicia de Paz y Justicia Comunitaria, se dice que en Venezuela “La justicia es lenta, costosa y excesivamente burocrática”. ¿Exageración antibolivariana? No pocos administradores de justicia, han olvidado lo que Jean-Jacques Rousseau sustentó en su obra El Contrato Social (1): “Toda justicia proviene de Dios, siendo él su única fuente; mas si supiéramos recibirla de tan alto no tendríamos necesidad ni de gobiernos ni de leyes. Existe indudablemente una justicia universal, emanada de la razón; mas para ser admitida entre nosotros ha de ser recíproca”. ¿Somos todos iguales ante la Justicia? ¿Iguales ante la Ley? Un juez para ser justo y administrar justicia con equidad no debe tratar a todos los ciudadanos iguales ante la ley. (2) A mí me gustaría responder que sí; mas, para ser sincero conmigo mismo, mi respuesta es adversa. Y racionalmente, no es apropiado considerar a todos iguales ante la ley. Ello es hipocresía. La ley ordena que seamos iguales, pero en realidad, somos desiguales. Nunca hemos sido ni seremos iguales ante la ley. Claro, eso es el deber ser. La práctica, la realidad, horrorosamente, es otra cosa. Dable es recordar que administrar justicia es función del Estado, y que yo sepa, jurídicamente, éste nunca ha servido igual a los ciudadanos. Ya en 1998 el Dr. Antonio Reyes Sánchez sugería que “la justicia requiere más que de reformas fundamentales, de la modernización de sus leyes y procedimientos, de nuevas interpretaciones de las normas existentes, de los procedimientos, pues los principios éticos y morales y las garantías de los derechos humanos impregnan nuestras leyes”. (3) Los poderosos son los que tienen acceso a la justicia; el Estado se la ingenia para colocar obstáculos al débil. Si aún no están del todo convencidos pregúnteles a los Doctores Mauro Cappelletti y Bryant Garth. (4) En definitiva, la justicia es el principal bien jurídico y de ello depende el progreso del sistema. Muchos son los jueces que al administrar justicia producen un resultado injusto sin sentido de igualdad. El objetivo final del proceso penal es hacer justicia. Constitucionalmente todos somos iguales ante la ley. Entelequia. Pura fantasía. Obviamente, como expresa el Dr. Jorge L. Rosell Senhenn, “una cosa dice la ley, y otra, muy diferente, es la que se hace”. Para administrar justicia, el juez no debe subsumirse únicamente a lo que enuncie la ley. Lamentablemente en Venezuela no son pocos los jueces que quebrantan el principal mandamiento del Decálogo del Abogado del afamado maestro Eduardo Couture: “Lucha. Tu deber es luchar por el derecho; pero el día que encuentres en conflicto el derecho con la justicia, lucha por la justicia”. (AEV-Torres).
Notas de pié de páginas:
La Dra. Lida Álvarez de Briceño, es madre de la Dra. Alejandra Briceño, novel abogada, cuyo compromiso es inmenso: emular a una eminente jurista. Y también es la progenitora del Lic. Fernando Briceño, el más completo crítico de artes del municipio Torres.
1) Jean-Jacques Rousseau nació en Ginebra en 1712 y murió en Ermenonvilli (Francia) en 1778. Filósofo, botánico, músico, político, pedagógico, escritor. Entre sus obras, además de El Contrato Social, están El Discurso sobre las ciencias y las artes, y El Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres. Esta última obra suya es impactante. Se comenta que el gran Voltaire, envía una carta a Rousseau, una vez que éste le hace llegar un ejemplar de su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, donde le dice: “Señor mío, he recibido vuestro nuevo libro contra el género humano (…). Nunca se había empleado tanto ingenio en querer volvernos tontos; al leer vuestra obra dan ganas de andar en cuatro patas…”.Magistral.
2) Invito leer las palabras que pronunciara el Dr. Jorge Rosell Senhenn, en el Concejo Municipal del Municipio Autónomo Heres, Ciudad Bolívar, con motivo del Día Nacional del Abogado el 23 de Junio de 1992. Ver: Diario de Tribunales. Lunes 29 de Junio de 1992.
3) La Reforma del Poder Judicial. Monografía insertada en la obra Nuevo Proceso penal venezolano. XXIII Jornadas “J.M. Domínguez Escobar”. Tipografía y Litografía Horizonte. Barquisimeto, estado Lara. 1998.
4) Exhorto a leer la monografía El Acceso a la Justicia. La tendencia en el Movimiento Mundial para hacer efectivo los Derechos. Mauro Cappelletti y Bryant Garth. Insertada en la obra Sociología Jurídica. UCV. Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas. Escuela de derecho. Caracas, 2004.
EL VALOR PRÁCTICO DE LA JUSTICIA
(A los Doctores, Amabilis José Silva Campos, hombre culto, intuitivo, poseedor de la más grande biblioteca jurídica del estado Lara; y, Manuel H. Morales, hombre ecuánime y humano, cuyo talento ha aprovechado para escalar escaños, sin olvidar nunca su origen humilde, condiciones éstas dignas del mejor encomio, dedico)
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“La Justicia humana está hecha de tal manera que no solamente se hace sufrir a los hombres porque son culpables sino también para saber si son culpables o inocentes”
Francesco Carnelutti
(Primera Parte)
Hay quienes cavilan en la moral cuando se habla del valor de la justicia. Muchos son los que han estudiado la Teoría de los Valores. Verbigracia: Alexis Meinong, Christian von Eherenfels, Max Scheller y Nicolai Hartmann, por caso. Uno de los valores jurídicos, además del bien común, la seguridad, es la justicia. El primero en deliberar sobre el valor de la justicia, fue Pitágoras de Samos. El fin de la justicia, axiologicamente, es facilitar la igualdad en el hombre. Más que “la constante y perpetua voluntad de dar a cada quien su derecho”, según la definición de Ulpiano, la justicia, es una virtud. Para que un administrador de justicia, sea justo, debe ser autónomo, soberano, independiente, y no estar encadenado a ningún poder que no sea el de su conciencia. San Agustín aconsejaba pedir solo justicia, pero según el celebérrimo cantautor y escritor Facundo Cabral, mejor sería no pedir nada. Los romanos aconsejaban, por su parte, vivir honestamente, no hacer daño a nadie, y dar a cada quien lo suyo, esto es: honeste vivere, alterum non loedere, suum cuique tribuere. Si bien—como lo afirma el Dr. Alejandro J. Rodríguez Morales--- “la justicia y la búsqueda de la verdad están estrechamente vinculadas” no siempre las decisiones dictadas en el proceso penal, son justas. Convenimos, sí, que en el transcurso de la investigación, en aras de lograr positivamente la verdad de los hechos, se infringen derechos fundamentales, por eso, obviamente, condenar a una persona, contra la cual, se hayan compelidos principios y normas procedimentales y constitucionales, sería un acto arbitrario, despótico, inmoderado, monstruoso, e inicuo. El Juez, es decir, quien desempeña funciones judiciales, debe procurar que nunca se quebrante los derechos esenciales e imprescindibles de las partes, en el proceso, y constituirse, al decir del ilustre Dr. Luis Paulino Mora Mora, en “un celoso guardián” de esos derechos, toda vez, que de no dársele cumplimiento a los principios básicos consagrados en la Constitución y demás leyes, no tendría razón de ser, el Estado de Derecho. Eberhart Schmidt, citado por el Dr. Jesús Ramón Quintero, en su monografía Fisonomía de un Nuevo Proceso Penal, (1) expresa que “el deber de garantizar la justicia es, por lo tanto, el fundamento jurídico constitucional del derecho procesal, mientras que éste, como tal, señala la vía por la cual puede ser elaborada y obtenida una sentencia”, que aún cuando no plasme la verdad real o histórica, tiene una secuela en la sociedad.
Notas de pié de páginas:
(1) Fisonomía de un nuevo proceso penal. Monografía insertada en el libro: Propuestas para la Reforma del Proceso Penal Venezolano. Edición 100 años Colegio de Abogados del estado Lara. 1995.
EL PRINCIPIO DE IGUALDAD ENTRE LAS PARTES
(A los Doctores Alberto Herrera Coronel y Gerardo Pérez González, virtuosos y experimentados abogados, cuyas honestidades, honran el foro jurídico nacional, para honra de los carorenses, dedico)
Si en el proceso penal no hay igualdad entre las partes; no hay garantía alguna de justicia. Por lo demás, el debido proceso, que es un derecho espinoso, peliagudo, comprometido, no existe si los derechos y garantías de las partes, contempladas no solo en la Carta Política Fundamental sino en las leyes; tratados, convenios y acuerdos internacionales, suscritos por la República, son compelidos, vale acotar, constreñidos, forzados, violentados. Por ello, el Dr. Jesús Ramón Quintero, nos recuerda que “ el deber del Estado de garantizar la justicia es el fundamento del derecho procesal”. En tal sentido, en el proceso penal, las partes, dedúzcase: el fiscal del Ministerio Público, el querellante, la víctima, el defensor y el imputado, deben gozar de las mismas oportunidades, teniendo las mismas prerrogativas, para aportar, ofertar y materializar las pruebas, e incuestionablemente, para debatirlas, impugnarlas y disputar la disposición del Enjuiciador. Cada parte defiende sus alegatos, y como bien lo expresa la Dra. Nelly Arcaya de Landáez, “la garantía de defensa e igualdad entre las partes está interrelacionada con los principios: dualidad de partes, y audiencia, y éstas no tienen razón de ser, carecerían de sentido, si estuviesen limitadas para sostener y fundamentar lo que ellas consideren necesario”. Consciente estoy que la igualdad jurídica es pura ficción. En el acontecer diario la realidad es otra. No obstante, no debemos dejar en el tintero las consecuencias que trae en el proceso penal, que una de las partes, se le permita la utilización de preceptos y a otra no; ahora bien, profeso la idea según la cual el juzgador no debería equiparar a todos los imputados por igual, porque lo correcto, como lo señalara , en su tesis doctoral, el más grande enciclopedista latinoamericano, humanista patrio olvidado por esta “revolución”, Dr. Luis Beltrán Guerrero, es que “ no se igualen ante la ley el ignorante y el sabio, porque tan hermosa superchería de igualdad va en detrimento del menesteroso de conocimientos, a quien ni siquiera se puede inculpar de su ignorancia”. Clarifiquemos este punto: Una cosa es hablar del principio de igualdad entre las partes del proceso penal como el derecho a la defensa que tiene cada una por su lado; y, otra cosa, muy distinta, es el principio de igualdad ante la ley que en materia penal significa que todos los ciudadanos deben ser juzgados bajo las garantías consagradas en la Constitución Nacional y por un modo legal donde se respete el debido proceso. Sin embargo, en mi opinión, esa “igualdad ente la ley” ha sido más que una ficción--- como la llama don Luis Beltrán Guerrero—un mito, pues, aunque el jurista venezolano Dr. Julio Elías Mayaudón, sostenga en su abra El Debate Judicial en el Proceso Penal, que antes “se nos juzgaba de acuerdo a tres categorías procesales: 1. Delincuentes Comunes; 2. Procesados Privilegiados de Cuello Blanco; 3. Narcodelincuentes; y, una cuarta categoría los que eran juzgados según la perecida Ley de Vagos y Maleantes”. (Citado de memoria). Los primeros nombrados por el Dr. Mayaudón Grau, “se les aplicaba el Código penal y el Código de Enjuiciamiento Criminal”; a los segundos, “la Ley Orgánica de Salvaguarda del Patrimonio Público”, hoy Ley Contra la Corrupción; estos conseguían ser enjuiciados en ausencia, y la más de las veces, eran absueltos. A los terceros, nos recuerda el citado autor, eran sometidos por la Ley Orgánica sobre Sustancias Estupefacientes y Psicotrópicas; hoy Ley Orgánica contra el tráfico Ilícito y el Consumo de Sustancias Estupefacientes y Psicotrópicas, y citando a los doctores Carmelo Borrego y Elsie Rosales, sostiene que a los imputados sometidos a este procedimiento, no se le permitía “ ningún tipo de beneficio de libertad, donde las condenas recaían en sujetos por tenencias de mínimas cantidades de droga, con jueces presionados por la represión de la opinión pública; y mientras todo esto ocurría, la embestida oficial en nada contribuía a disminuir la problemática de las drogas”. En cuanto a la Ley sobre Vagos y Maleantes, acertadamente Mayaudón Grau, confirma los abusos abismales que ejercía el Poder Ejecutivo sobre humildes ciudadanos que por no tener trabajo “definido”, podrían ser encarcelados por seis años. De esta tétrica ley solo expondremos en estos volanderos comentarios, que nuestro admirado amigo y colega, José Fernando Núñez, actuando en su propio nombre, interpuso por ante la extinta Corte Suprema de Justicia, el 17 de julio de 1985---a siete días de recibirnos como bachiller de la República en el Colegio Libertador de Carora--- una solicitud de nulidad por inconstitucionalidad de la Ley sobre Vagos y Maleantes, habiendo sido declarada con lugar, el día 6 de noviembre de 1997, con ponencia del Magistrado Dr. Humberto J. La Roche. ¡ Admirable la celeridad de la justicia venezolana! Indudablemente que el implemento del sistema acusatorio en nuestro país, mejoró la estructura y el procedimiento del proceso penal; mas, en síntesis, nada ha cambiado. Los privilegiados son tratados de manera distinta a los pendejos. ¿O no? ¿Cuántos infelices son privados de su libertad por exiguas posesiones de cantidad de droga? En cambio, otros son beneficiados: ¿No me creen? Entonces denle una lectura a una decisión dictada por un Tribunal de Primera Instancia en Funciones de Control del Circuitito Judicial Penal del estado Lara, extensión Carora, asunto Nº C-10-6495-05, de fecha 02 de Marzo de 2006 (sugiero revisar la página Web del Tribunal Supremo de Justicia, Región Lara, para mayor información), donde a un alto funcionario del Ejercito Nacional, a quien el Ministerio Público le imputara el delito de Transporte Ilícito Agravado de Sustancias Estupefacientes y Psicotrópicas en grado de Cooperador , el Juez de Control, a petición del Ministerio Público, le concedió un privilegio que no gozaron las otras personas presuntamente involucradas en el ilícito penal mencionado. Y eso que se trataba del tráfico de 2000 panelitas de Cocaína. Nada menos. Tal vez por ello, el jurista venezolano, Dr. Alberto Arteaga Sánchez, sostenga en su obra Estudios de Derecho Penal, que no hay “nada más distante de la realidad” que la invención de que “todos somos iguales frente a la ley penal”. Desde tiempos pretéritos, la ley se emplea, o se utiliza “sólo a un reducido grupo de personas que tienen como nota común la pobreza y la marginalidad.” El académico y afamado profesor Arteaga Sánchez, toca la llaga social, cuando sentencia que en éste país, “las redes de la justicia penal sólo capturan a los pobres”, sencillamente, porque “los poderosos económicamente o políticamente no caen en la maquinaria de la justicia penal”. Cierto que ya los órganos policiales no instruyen expedientes, pero los abusos y atropellos que ellos cometían, ahora son cometidos por quienes tienen el deber, sagrado deber, y la obligación de velar por el respeto de los derechos humanos: el Ministerio Público. Son contadísimas las excepciones. En todo caso, ¿ En que se cimienta el principio de igualdad entre las partes? El legislador procesalista penal estableció que los jueces deben garantizar el derecho de la defensa sin preferencia ni desigualdades (Ver: Artículos 12 del COPP y 19, 21 Ordinales 1 y 2; 49 Ordinales 3 y 4 de la CNRBV). El Estado a través del Ministerio Público, defiende los intereses de la víctima y el defensor, público o privado, las del imputado. Cada una de las partes vendrá al proceso con sus “armas”; y para darle cumplimiento al debido proceso, el juez está obligado a garantizarle además de su imparcialidad, que serán tratados en paridad de circunstancias, teniendo cada una de ellas las mismas oportunidades de defensa. En el debate oral que se produzca, debe existir equilibrio, de modo que ninguna de las partes, esté en indefensión frente a la otra. Empero, no debe confundirse la igualdad que debe prevalecer entre las partes y la igualdad ante la ley, pues, el mismo Aristóteles, citado por el jurista italiano Luigi Ferrajoli, ya asentaba que “lo equitativo, si bien es justo, no lo es de acuerdo con la ley, sino como una corrección de la justicia legal”. Este principio, el de igualdad entre las partes, tiene sus excepciones: en la fase preparatoria o introductoria, por ejemplo, el Ministerio Público, por una razón de resguardo de la investigación, puede reservase las actuaciones (Art. 304 del COPP) para garantizar los resultados del juicio. Claro está, esa reserva es limitada. No es absoluta. Ello porque el principio de igualdad entre las partes, garantiza que éstas, tendrán los mismos medios de ofensiva o embate y de resguardo para hacer valer sus defensas y medios de pruebas. Respecto al principio de igualdad, la máxima instancia judicial del país, ha sostenido, en oportunidades diversas que “el derecho a la igualdad implica brindar el mismo trato a todas las personas que se encuentran en idénticas o semejantes condiciones, por lo que aquellos que no se encuentren bajo tales supuestos podrían ser sometidos a un trato distinto, lo que hace posible que haya diferenciaciones legítimas, sin que tal circunstancia implique per se discriminación o vulneración del derecho a la igualdad” (Ver: Sentencias números 972 del 9 de Mayo de 2006; 1.197 del 17 de Octubre de 2000; 266 del 17 de Febrero de 2006; 2502 del 5 de Agosto del 2005; 3005 del 14 de Octubre del 2005; 607 del 20 de Octubre de 2005, entre otras, de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia). Ello justifica legalmente que a algunos penados o imputados-acusados, se les conceda beneficios procesales, medidas cautelares sustitutivas de libertad, y a otros no; valga por ejemplo: una persona de 18 años de edad, que cometa un delito de los contemplados en la vigente Ley Orgánica contra el tráfico Ilícito y el Consumo de Sustancias Estupefacientes y Psicotrópicas, relacionado al tráfico o distribución, y en el acto de la audiencia preliminar, decide acogerse al procedimiento especial de Admisión de los hechos, y no obstante que es menor de 21 años, no tiene antecedentes penales, es poseedor de una conducta predelictual intachable, aún así, el juez “ no podrá imponer una pena inferior al límite de aquella que establece la ley para el delito correspondiente”. En nuestra opinión, consideramos que al circunscribir la rebaja de la pena al límite mínimo, se transgrede el principio de la igualdad procesal, a pesar que el legislador procesalista penal haya impuesto supuestos distintos a los justiciables. No siempre lo nomotético o legítimo equivale a justicia. Este criterio lo hemos ampliado en anterior ocasión, sin haber encontrado apoyo doctrinal alguno.* En otras palabras, si el legislador considera que el trato desigual de los justiciables es por una “finalidad especifica” y “razonable”, no existe violación constitucional alguna al principio de igualdad ante la ley. ¿Acaso no hay segregación? ¿No hay aislamiento de los principios generales del Derecho? Muchas son las razones criminológicas, socioeconómicas y políticas que se invocan para el establecimiento heterogéneo de los justiciables, no obstante, insistimos: no siempre lo legítimo es lo justo. (AEV-Torres).
Notas de pie de páginas:
* Ver: Pereira Meléndez, Leonardo. Sobre La Reforma del COPP. Editorial El Hombre y El Signo. Bogotá, Colombia. 2002.
CRÓNICA PATERNA
(Para mi hermosa prima, Dra. María del Carmen Álvarez Lucena, Magistrada de brillantes y valientes decisiones).
Cuando me preguntan el por qué – sobre todos mis mujeres – de ese brillo triste de mis ojos, suelo responder que es la fatal herencia de mis ancestros paternos. En la “Casa de Los Indios”, de Aregue, donde mis tíos Doña Elda Betancourt y Don Jesús María Álvarez, todos los octubres de todos los años, solían reunirse con sus raíces, y entre el humo del tabaco, el chimó y los cuentos de mi padre, Don Hipólito Álvarez, o Polito, como lo he llamado toda la vida, se rememoraba el pasado. En esa enorme casa de bahareque, matizada de sol, digo, hay un retrato grande de un viejo, de lúgubre mirada, cuyos ojos grandes y lagrimados están estigmatizados sus descendientes, de labios pequeños, de bigotes blancos y abundantes, de frente amplia, con grandes entradas que rayan en la calvicie. Ese señor blanco y elegante, es el papá de Don José Ramón Betancourt, el papá de Polito, luego estoy hablando de mi bisabuelo, Don José María Betancourt, de quien se dice era un hombre próspero, educado, de finos modales y muy enamoradizo. (¿Ves Moraima, te das cuenta? por ahí viene la vaina).
Cuando niño, Polito, mi padre, acostumbraba llevarme con él a visitar a su padre, Don Monche. Don Goyo Pineda, o Goyo, en el lenguaje familiar, también me llevaba a esa casa solariega, donde yo pasaba al solar a coger del suelo sabrosos almendrones. Muchos recuerdos tengo de mi pasado paterno: aún la imagen un poco borrosa, de mi abuela Doña María del Carmen Álvarez, la mamá de Polito, presente está en mi memoria. Tenía cinco años cuando ella murió. Mis tíos Don Juan Betancourt, Don Candelario Betancourt, siempre visitaban el hogar de mi amada madre, Doña Gregoria Urbana Meléndez Meléndez. Cuando nos mudamos de la Calle San José de la Guzmana a la Calle Concordia, mi tío Don Juan Betancourt, iba todas las mañanas a tomar café y a hablar de los muertos con mi papá Polito.
A mi tío Don Jesús María Álvarez, lo conocí tarde, ya muchacho, quizá debido a una pelea absurda que hubo entre él y mi viejo. Algunos nietos de Don Monche, y bisnietos de Don José María Betancourt, pariente cercano de Don Alejandro Meléndez, papá de Don Luis Beltrán Guerrero, hemos corrido con suerte: “Salió blanco y buenmozo como mi abuelo” le decía Doña Blanca Betancourt, mi tía, a mi madre, y yo, sin pararle, hasta que un día vi su retrato: “Es cierto. Me parezco a él”. Doña Francisca Álvarez, hermana de Polito, fue quizá la mejor amiga que tuvo mi madre. Otros, nacieron flojos, feos y borrachos. Para completar, yo, que soy hijo bastardo o natural, aunque a mi hermanita Raquelita Pereira de Linárez, no le gusta que yo lo diga, pues no llevo el apellido de mi Papá Polito, no sólo soy el más inteligente de los retoños que dejará Polito, sino que soy el más afortunado: ni le trabajo a él ni dependo de él como mis demás hermanos paternos y legitimados. Quizá por ser buenmozo como mi bisabuelo Don José María Betancourt, sería que el bolsa de mi hermano José Gregorio Álvarez Vásquez, me negara hace años delante de unos compañeritos, allá en el Grupo Escolar “Ramón Pompilio Oropeza”. “Tú no eres hermano mío”, me dijo en voz alta como sintiéndose orgulloso de ser un Álvarez-Betancourt. Y ese otro loquito, Andrés Eloy Álvarez Vásquez, por desgracia hermanito mío, no sólo se burlaba de mi mamá sino que intentó hacerme daño cuando yo era apenas un mocoso de siete años de edad. Ahora soy yo quien goza una bola. Vivo de mis locuras y de mis mujeres. Y para colmo la gente me llama “Doctor”. Casi nada.
Hay mucho silencio prolongado en el Árbol de los Álvarez-Betancourt. Mi abuela Doña María del Carmen Álvarez era hija de Doña Felicia Antonia Álvarez Querales y de Don José María Rojas Avendaño; y nieta de Doña María Leonor Querales de Álvarez, mamá de Doña Felicia Antonia Álvarez. Al parecer los abuelos maternos de mi Papá Polito eran unos aguerridos coroneles de la guerrilla. Hay mucho silencio prolongado en el Árbol de los Álvarez-Betancourt. Para colmo soy yo quien más se parece a Polito. Un botón para la muestra: de todos mis hermanos paternos, con el que más o menos me entiendo – y a veces—y quizá hasta que mi Papá Polito esté vivo y frente a su negocio Depósito Coromoto, porque seguro estoy que cuando mi Papá Polito deje de existir, lo que viene es “candanga con burundanga” ; con el que más o menos me entiendo, digo, es con Hipólito José Álvarez, o Cheo, como le dice Raquelita mi hermana, o Cheíto, como le dice mi mamá Doña Gregoria Meléndez, quien era hija de Doña María Teresa Meléndez de Meléndez, y ésta a su vez, hija de Don Isaías Meléndez y de Doña Rosa Pereira, Mama Rosa, como la llamaba mi mamá, a quien le dicen Mama Goya, sobrina también de la niña Dominga Meléndez, por ser ésta hija de mis bisabuelos Don Isaías Meléndez y Doña Rosa Pereira, quien murió célibe y virgen; Doña Goya Meléndez, era hija también de Don Manuel Jesús Meléndez, hijo éste de Doña Candelaria Camacaro y de Don Antolino Meléndez, de manos ásperas y callosas por haber trabajado siempre la tierra; obrero analfabeta que aprendió a leer por sí solo después de los cuarenta y tantos años, hombre pulcro y honesto, el más honorable de esa gran familia que somos los Meléndez-Pereira Meléndez, que nunca abrigó en su interior maldad ni odio; de cabellos crespos, negruscos, blanquecinos, de surcos pronunciados en su rostro, de bigotes reducidos y recortados al mejor estilo de Pedro Infante, de labios gruesos y grandes, como los de mi hijo Leonardo de Jesús Pereira, a quien vi llorar en dos oportunidades: cuando mi abuela Doña María Teresa Meléndez de Meléndez, cuyos ojos tiernos y burlones los heredó mi princesa Gregoria Urbana Pereira, estuvo enferma y apunto de morir; y, finalmente, cuando pocos antes de irme a Caracas, a continuar mis estudios de Derecho, se despidió de mí porque sabía que al regresar de nuevo a Carora, ya no lo iba a encontrar. Por eso, me siento orgulloso de mis ancestros maternos. Pero también me siento, en el fondo, muy orgulloso de pertenecer a la estirpe de Don José María Betancourt, de donde salió la alcurnia de Don Jesús María Álvarez, noble y caritativa alma, que nunca le hizo ni pensó hacerle daño a nadie, quien murió ha poco para dejar más sólo a mi Papá Polito, a quien le queda tan solo, su hermana, Doña Elda Betancourt, para seguir peleando, amándose uno al otro, como dos niños correteando por las playas de la Cruz Verde, donde canta el turpial, bajo la sombra del cotoperí.
Cuando niño, Polito, mi padre, acostumbraba llevarme con él a visitar a su padre, Don Monche. Don Goyo Pineda, o Goyo, en el lenguaje familiar, también me llevaba a esa casa solariega, donde yo pasaba al solar a coger del suelo sabrosos almendrones. Muchos recuerdos tengo de mi pasado paterno: aún la imagen un poco borrosa, de mi abuela Doña María del Carmen Álvarez, la mamá de Polito, presente está en mi memoria. Tenía cinco años cuando ella murió. Mis tíos Don Juan Betancourt, Don Candelario Betancourt, siempre visitaban el hogar de mi amada madre, Doña Gregoria Urbana Meléndez Meléndez. Cuando nos mudamos de la Calle San José de la Guzmana a la Calle Concordia, mi tío Don Juan Betancourt, iba todas las mañanas a tomar café y a hablar de los muertos con mi papá Polito.
A mi tío Don Jesús María Álvarez, lo conocí tarde, ya muchacho, quizá debido a una pelea absurda que hubo entre él y mi viejo. Algunos nietos de Don Monche, y bisnietos de Don José María Betancourt, pariente cercano de Don Alejandro Meléndez, papá de Don Luis Beltrán Guerrero, hemos corrido con suerte: “Salió blanco y buenmozo como mi abuelo” le decía Doña Blanca Betancourt, mi tía, a mi madre, y yo, sin pararle, hasta que un día vi su retrato: “Es cierto. Me parezco a él”. Doña Francisca Álvarez, hermana de Polito, fue quizá la mejor amiga que tuvo mi madre. Otros, nacieron flojos, feos y borrachos. Para completar, yo, que soy hijo bastardo o natural, aunque a mi hermanita Raquelita Pereira de Linárez, no le gusta que yo lo diga, pues no llevo el apellido de mi Papá Polito, no sólo soy el más inteligente de los retoños que dejará Polito, sino que soy el más afortunado: ni le trabajo a él ni dependo de él como mis demás hermanos paternos y legitimados. Quizá por ser buenmozo como mi bisabuelo Don José María Betancourt, sería que el bolsa de mi hermano José Gregorio Álvarez Vásquez, me negara hace años delante de unos compañeritos, allá en el Grupo Escolar “Ramón Pompilio Oropeza”. “Tú no eres hermano mío”, me dijo en voz alta como sintiéndose orgulloso de ser un Álvarez-Betancourt. Y ese otro loquito, Andrés Eloy Álvarez Vásquez, por desgracia hermanito mío, no sólo se burlaba de mi mamá sino que intentó hacerme daño cuando yo era apenas un mocoso de siete años de edad. Ahora soy yo quien goza una bola. Vivo de mis locuras y de mis mujeres. Y para colmo la gente me llama “Doctor”. Casi nada.
Hay mucho silencio prolongado en el Árbol de los Álvarez-Betancourt. Mi abuela Doña María del Carmen Álvarez era hija de Doña Felicia Antonia Álvarez Querales y de Don José María Rojas Avendaño; y nieta de Doña María Leonor Querales de Álvarez, mamá de Doña Felicia Antonia Álvarez. Al parecer los abuelos maternos de mi Papá Polito eran unos aguerridos coroneles de la guerrilla. Hay mucho silencio prolongado en el Árbol de los Álvarez-Betancourt. Para colmo soy yo quien más se parece a Polito. Un botón para la muestra: de todos mis hermanos paternos, con el que más o menos me entiendo – y a veces—y quizá hasta que mi Papá Polito esté vivo y frente a su negocio Depósito Coromoto, porque seguro estoy que cuando mi Papá Polito deje de existir, lo que viene es “candanga con burundanga” ; con el que más o menos me entiendo, digo, es con Hipólito José Álvarez, o Cheo, como le dice Raquelita mi hermana, o Cheíto, como le dice mi mamá Doña Gregoria Meléndez, quien era hija de Doña María Teresa Meléndez de Meléndez, y ésta a su vez, hija de Don Isaías Meléndez y de Doña Rosa Pereira, Mama Rosa, como la llamaba mi mamá, a quien le dicen Mama Goya, sobrina también de la niña Dominga Meléndez, por ser ésta hija de mis bisabuelos Don Isaías Meléndez y Doña Rosa Pereira, quien murió célibe y virgen; Doña Goya Meléndez, era hija también de Don Manuel Jesús Meléndez, hijo éste de Doña Candelaria Camacaro y de Don Antolino Meléndez, de manos ásperas y callosas por haber trabajado siempre la tierra; obrero analfabeta que aprendió a leer por sí solo después de los cuarenta y tantos años, hombre pulcro y honesto, el más honorable de esa gran familia que somos los Meléndez-Pereira Meléndez, que nunca abrigó en su interior maldad ni odio; de cabellos crespos, negruscos, blanquecinos, de surcos pronunciados en su rostro, de bigotes reducidos y recortados al mejor estilo de Pedro Infante, de labios gruesos y grandes, como los de mi hijo Leonardo de Jesús Pereira, a quien vi llorar en dos oportunidades: cuando mi abuela Doña María Teresa Meléndez de Meléndez, cuyos ojos tiernos y burlones los heredó mi princesa Gregoria Urbana Pereira, estuvo enferma y apunto de morir; y, finalmente, cuando pocos antes de irme a Caracas, a continuar mis estudios de Derecho, se despidió de mí porque sabía que al regresar de nuevo a Carora, ya no lo iba a encontrar. Por eso, me siento orgulloso de mis ancestros maternos. Pero también me siento, en el fondo, muy orgulloso de pertenecer a la estirpe de Don José María Betancourt, de donde salió la alcurnia de Don Jesús María Álvarez, noble y caritativa alma, que nunca le hizo ni pensó hacerle daño a nadie, quien murió ha poco para dejar más sólo a mi Papá Polito, a quien le queda tan solo, su hermana, Doña Elda Betancourt, para seguir peleando, amándose uno al otro, como dos niños correteando por las playas de la Cruz Verde, donde canta el turpial, bajo la sombra del cotoperí.
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