lunes, 15 de octubre de 2007

LA DISPUTA DEL LENJUAJE CON LA IMPLACABLE MEMORIA

Ensayo escrito por el Dr. Juandemaro Querales, sobre la obra poética y ensayística de Leonardo Pereira Meléndez.



Hablar de poesía en Venezuela, en momentos de convulsión social y política, es meterse en camisa de once varas. Hay algo atravesado por allí que ha impedido el desarrollo natural de todas las formas de expresión, en el estrecho mundo de la creación. Para recrear la evolución de nuestras letras en la provincia lejana, es más complicado, al menos cuando se parte de un pueblo situado en los límites de la pre-modernidad, en tránsito entre monarquía e ilustración francesa. Carora verdadero endriago, error histórico donde prendió corrientes y modas en la elaboración de códigos referenciales.

De ese enrevesado y enmallado universo de la representación, hay una generación y un representante destacado que ha perseverado -a pesar de emboscadas que le ha deparado el destino- y con el correr de los años puede mostrar un largo catálogo de títulos en prosa y en verso que hacen interesante el discurso creativo en la Venezuela preterida: éste no es otro que Leonardo Pereira Meléndez.

Su corpus literario comprende cuatro libros de poesía: Nostalgia de Eros (1.989); Lacerado (1.999); Confesiones de Media Luna (1.999); Escozor (2.002); Paloma de Luto (2.006); “Yo soy hijo de Gregoria Meléndez” (1.985). La prosa reunida en cuatro libros: “Sobre la reforma del COPP”; “Elucubraciones de un Caroreño” (1.992); “Corte de Apelaciones” (2.000); “Frente al boulevard es la cosa: letras, derecho, política” (2.004); donde se recogen ensayos, discursos, notas volanderas para periódicos.

Su poesía ha ido madurando de libro en libro, como lo reconoce el crítico victoriano Miguel Prado en su estudio: “Los Demonios Interiores en la poesía de Leonardo Pereira Meléndez” (1). Pasar de un reino edénico, intocado a un infierno pagano de escorias y pústulas, reunidas en la abyección de vidas y objetos; preanuncian la desaparición de esta tierra de gracia: “Escozor”, es el grito ensordecedor de una fiera herida desde el útero –prisión-, para desde allí poner en tela de juicio a una tribu y a sus oficiantes, erigidos en tetrarcas de una religión devaluada en los cánones de la lógica y la empírea.

Poeta que ha señalado insistentemente que su numen es el amor carnal y la mujer. Novia -viuda-, reina de las profecías; María Ezra de Magdala; simbología templaria que sirve para introducir de soslayo burdeles y burdeleras; como un nuevo Donne o mejor un Villon, este voyerista viaja como un Caronte amerindio por los ríos del infierno que tiene su morada entre la cuarta batea en la otra banda hasta la cueva del chirico.

Quien busque en sus páginas retruécanos, capicúas, acrósticos y un código secreto de la santa hermandad teutona; lo prevengo a fin de decirle que estos rollos de nuestro mar muerto, constituyen historias salteadas de una protohistoria ideada por este zelote y será polvo, cuando dejemos nuestra herencia documental y archivadora de cuánto hecho baladí y pueril nos acaezca, y venga este aguafiestas y la incluya en su Arts Poética.


Cuando al poeta la realidad le cobró su atrevimiento de imponer penas al bestiario; su cuerpo fue baldado y colgado allí como cualquier malhechor; transmigrando su alma en un trovador que va de aldea en aldea, bautizando y dando los santos óleos, a los herejes que todavía batallan contra la religión verdadera. Poesía de blasfemo que aunque arda en leña verde, se solaza y se burla de sus captores y los incluye en “Escozor”, y en este libro salmático “Paloma de Luto” como Némesis a sus verdugos.

Sus volúmenes de Prosa, constituyen un mosaico de variedades: ensayos, monografías, discursos y notas volanderas; es un poutpurrí de estilos. Tejido verbal que sigue una rica tradición venezolana de aglomerar trabajos inicialmente hechos para ser leídos en prensa: Ludovico Silva, Luís Beltrán Guerrero, Guillermo Morón, Arturo Uslar Pietri, son las cumbres más elevadas de esta modalidad azorinesca.

Pereira Meléndez ha mantenido una línea continuada, para revelarnos su mente caleidoscópica: “Yo soy hijo de Gregoria Meléndez”; “Elucubraciones de un Caroreño”; “Corte de Apelaciones”; “Frente al boulevard es la cosa”; asemeja al curso seguido por su producción poética, cosa extraña en una sociedad caracterizada por escritores y poetas fanáticos o amateur, que no pasan de ser simples aprendices, autores de un solo libro.

Para un país y dentro de él la región Larense, es importante el que un representante o una tendencia o movimiento, entre comillas, trate de sobrevivir como un viejo saurio después de la última glaciación, es una ganancia para la escasa cultura que se viene haciendo. Deformidad que tiende a agravarse porque se ha entronizado entre nosotros visiones trasnochadas, sobre el arte y cómo organizar la sociedad se aplican en la actualidad.

Escribir para la prensa no es malo per se, pero es un trapiche que muele a cualquiera con el correr de los años; la llegada de un diarismo dado a explotar las voluptuosidades del cuerpo femenino, la trivialización de la cotidianidad, la censura y la autocensura, preparan la mesa para enterrar definitivamente el trabajo inaugurado por los románticos con su trabajo mejor logrado el folletín por entregas.

Una región con tradición de buenos ensayistas y poetas, tuvo que influir como efecto reflejo en las más jóvenes promociones de escritores; humanistas como Guerrero, Mujica y Morón; son modelos para verse reflejado en los trazos de unas líneas ingenuas e impresionistas, para después ganar la madurez que da la formación y los exigentes lectores, para escribir con voz propia como Montaigne, Pascal, Paz o el Borges de los prólogos a sus libros.

De sus libros en prosa –hay uno que se salvará de las hogueras- del implacable paso del tiempo, que todo lo horada: “Corte de Apelaciones”, prosa fluida con predilección por estructuras narrativas; Pereira Meléndez se salta los cánones clásicos para usar la primera persona, revelando una intimidad a sus desprevenidos lectores, sin los feos gerundios, con pocos que galicados, echando mano al ludismo para escribir como los clásicos del siglo de oro español, “El buscón” de Quevedo; “Los entremeses” de Cervantes o “El Retablo de Maese Pedro” del Quijote.

Sus últimas colecciones de prosa, producen flojera en sus desocupados lectores, porque toman por asalto los estériles y manoseados temas jurídicos; Tulio Chiossone, Elio Gómez Grillo, Hans Kelsen; obligan a saltarse las páginas. Monografías -que están de más- material para un texto independiente, prosa dura, sin elegancia, que al único que le dio resultado fue a Frank Kafka “El proceso” y “El Castillo”, nos recuerdan esos pesados legajos de argucias y citas adocenadas, que integran el discurso opresor. Cuando el autor se vacune de estas pedanterías de este discurso olvidado, nos dará de seguro el título de su obra que subirá al olimpo, para hacerle compañía a: “De la Conquista a la Independencia” de Picón Salas; “La Máscara, La Transparencia” de Guillermo Sucre. Este recorrido es incompleto, si no hacemos referencia a la academia, claustro finisecular que nos hizo a muchos de nosotros, para perpetuar o sepultar los pactos sociales; la academia napoleónica luce moribunda; la transición del racionalismo burocrático Weberiano a la virtualidad Toffleriana; una esquizofrenia ocupa esta sociedad amnésica y pueril. Los preceptos liberales de igualdad, propiedad, libertad, ganancia, se abandonaron, nunca se intelectualizaron, a pesar de los esfuerzos de Antonio Leocadio Guzmán en el periódico “El Venezolano” a partir de 1.840.

En esta encrucijada de vías, algunos necios han lanzado la conseja de plebeyizar estos instrumentos, creación más acabada de la modernidad, anacronismo que busca acabar de una buena vez; gracias a la Teoría reproductora Marxista, fósil analítico que buscaría aplanar a estos recintos para convertirlos en escuela de artes y oficios de la modernidad; desdibujar al productor y divulgador del conocimiento científico, convirtiéndolo en un paria inútil para colocarlo en el gueto que hoy ocupan: blancos, escuálidos, pro-norteamericanos y cualquier otra monserga que se les ocurra a los censores. Final en un acto de Birbiloque.

De esta academia -de reciente creación entre nosotros- la preocupación por el arte y la literatura se potenció, provocando un renacer como nunca de la creación en todos los órdenes de las musas, también la tendencia a la crítica, la impugnación y el carácter emancipatorio, que muchos hemos asumido para evitar que pasemos de anomia a entropía.

Octubre 2.007







(1) Prado, Miguel: Los Demonios Interiores en la poesía de
Leonardo Pereira Meléndez. Ateneo de Carora
“Guillermo Morón”. Barquisimeto. 2.007

DISCURSO PRONUNCIADO POR JOSÉ ÁNGEL OCANTO

Palabras pronunciadas
por José Ángel Ocanto
en el bautizo del libro de poemas
Paloma de luto
de Leonardo Pereira Meléndez
Hotel Príncipe. Barquisimeto, 25 de mayo de 2004


Es ígnea la poesía de Leonardo Pereira Meléndez.
Es tentación abrasadora, confesión escueta, lampiña; rubor flagrante e imprevisible que hormiguea en el rostro de todo lector desprevenido, en el aliento y sofoco de todo espontáneo descifrador de su galería de imágenes desgarradas.
Paloma de luto, su más reciente código lírico, obra que hoy nos ocupa y congrega, está lejos de ser un himno pastoril, un idílico retrato de sentimientos acompasados, prudentes; su salmo aborrece ser un amable cuenco de excitaciones y liras rimadas.
En el pórtico del título, justo en el rótulo del templo de sus insurrectas musas, anuncia elegías, el cortejo de sus silencios y misterios, las voces de sus melancolías y espinas (“No hay salvación para mi alma”, articula); sin asomo de remordimiento, confiesa derrotas y tristezas, ansias y penas que, en el buen decir de su autorizado prologuista, Fernando Briceño Álvarez, invocan un “sepelio transitorio”. Es la voluntad temprana, ¿o postrera, acaso?, de quien ya ni el suicidio le interesa, ni es capaz, en estas horas, distancias y atmósferas, de compartir el dolor, ningún dolor.

Sigo lejano
profundamente lejano

Con el luminoso Góngora (don Luis, alegre, libertino y pendenciero en su juventud, sacerdote a los 50 años), experimenta los pasos errantes y la soledad confusa del peregrino.
“No espero nada de la vida”, rumia Leonardo, nuestro admirado Leonardo, en las oquedades de una soledad que se adivina absorbente, pertinaz. Una soledad indisciplinada, envuelta en las resolanas altivas de la Carora de sus adentros, eterno tizón de ancestros sobre los que se resigna jubiloso al infierno de Dante, y como José Abreu Felippe, el bardo cubano, conjetura que:

“…la muerte que hay en la vida
sobrevive a la vida, que las cosas que creemos
salvar no son más que muerte, mínimas muertes”

Así, el poeta a quien una vez le bastara presentarse ante el mundo –el conocido y el incógnito–, como “el hijo de Gregoria Meléndez”, nos impone, sin más opción, un reto que va a contrapelo de aquello que Mercedes Melo Pereira bautizara como “la aventura casi filológica de rastrear una palabra y sus infinitos ademanes a lo largo de una cronología discursiva, menos por la imagen del objeto convocado que por los placeres de sus pronunciaciones”.

“Yo no tengo sino
sueños lejanos
y una tristeza
que me dejó
un Dios viejo
y fragmentado”

En la obra de Leonardo Pereira Meléndez señorea un desacomodo que, desde alguna recóndita estancia del espíritu, brota con tormento y punzante inmolación, en parentesco con las indelebles expiaciones de Quiroga y su gallina degollada, y las del mismísimo Poe, el genial alucinado en los raptos del opio, de su venerable cuervo, luchando cuerpo a cuerpo con sus insomnes fantasmas, y anochecido en las sombras de su recurrente lado sádico, necrofílico.
Es, el legado poético de Leonardo Pereira Meléndez, que aquí celebramos, un dramático desafío a toda convención o pacto. Y en el curso de semejantes trances jamás simula poses. Nos lanza a la cara sin ensayadas delicadezas sus cóleras y fastidios, sus fuegos y temores. Su servicio intelectual es una deserción indiferente, un arreglo de fija inconformidad, un ardor casi infinito por rehacer partituras sociales, y reinventar al mundo, y reinventarse luego él mismo, a partir de sus juiciosos delirios y del solemne grito de sus declaradas miserias.
“La barbaridad es mi conseja”, anticipa él, en el penitente y atardecido inventario de su ética, y los rigores de su estética vivencial y discursiva.
Y, helo ahí. Observad cómo descubre nuevas formas de morir la vida que le tocó en suerte, y asimismo otras tantas maneras de vivir la muerte elegida.
Incluso alcanzó a procurarse para sí un glorioso e inédito estilo de expiración y luto, capaz de anticipar la equitativa repartición de cada uno de sus difuntos órganos entre sus amadas tantas.
Los ojos para Heide, resuelve. Sus pequeñas manos para Moraima. Su corazón para Graciela. Sus labios para Mairene. Sus cejas para Mary Luz. Que no se olvide la madre, de aquel entonces inútil apéndice que habrá de amputarle de entre sus rígidas piernas, y lanzarlo sin más a los perros hambrientos.
Representarse la niebla insoluble de la muerte, arrancó en Guillén un estremecimiento no menos abatido:

"Ya no podré, bajo la tarde quieta,
cuando suspira el céfiro en las flores,
decirte la canción de mis amores,
ni la emoción de mi pasión secreta"

Ayuna de hedonismo, la prolija sensorialidad en la textura literaria del autor de Nostalgia del Eros y Confesiones a media luna, si alguna concesión se permite es la que hace, avisado en su inconsciencia, al juego lúbrico, inmodesto, planteado de continuo en términos terribles, desinhibidos, inopinados, y en plazos de agónica aspereza y puntual catástrofe:

Subo
y fornico

Me libero

Sádico es el espejo

Tras la senda de tantos, verbigracia Góngora, el poeta cumbre de la poesía castellana, con sus canciones, tercetos, décimas, romances, letrillas…

Que esté la bella casada
bien vestida y mal celada,
bien puede ser;
mas que el bueno del marido
no sepa quién dio el vestido,
no puede ser

…y en afines veredas, con Neruda y Rubén Darío, Leonardo reivindica el erotismo sin escarbar en lo prohibido, o, mejor aún, presentando lo “prohibido” como un hecho exquisitamente natural, previsible, mortalmente rutinario.
¿No es aquella “patria de sangre” de la que habló Octavio Paz?:

“única tierra que conozco y me conoce,
única patria en la que creo,
única puerta al infinito”

El colombiano Darío Jaramillo, discurriría así:

¿Por qué no tu boca aquí,
por qué no sobre mi piel tu aliento,
por qué no adentro yo de tus abismos?

Y Neruda:

pero estás tú,
estás para dármelo todo,
y a darme lo que tienes a la tierra viniste,
como yo para contenerte,
y desearte,
¡y recibirte!

Pero, atención, hay, igualmente, un lenguaje cifrado en la poesía, y en el testamento, de Leonardo. Quizá la ética de lo incognoscible. Un escape virtual, una cortina al través de la cual escurre los rasgos de su personalidad, para confundirnos y privarnos de su revelación.
Deja, esparce, siempre, un mensaje oculto, quizá el mismo manuscrito hallado en la botella, del que habla Poe.
No siempre dice lo que aparentemente dice, sobre los papiros tornadizos.
Es preciso penetrar su mundo secreto, los enigmas de los que está elaborada su particular cosmogonía.
Como cuando anuncia su disposición a retirarse de todo, para abandonarse en Baudelaire y en Wilde, en el café negro de su madre, en el verso helénico de Cavafy, en las cervezas servidas en los míticos El Campestre y El Páramo de su sagrada Carora, y, cómo no, en suaves muslos y traseros voluminosos.
¿Qué sacrificas, a qué es lo que renuncias, Leonardo, cuando vas es pos de semejante paraíso infinito de la inspiración y la voluptuosidad?
Y cuando testificas:

Como mis ancestros
copulo como un animal

¿De qué hablas, Leonardo, si no de tu velada castidad?
Copulas como un animal…
Sólo el hombre entre las especies mamíferas practica una relación sexual frecuente.
Como la hembra de las diferentes especies animales mamíferas sólo está lista para copular en el período de la procreación: en el estro anual, en ciertas especies salvajes los machos sólo copulan una vez al año. Incluso la mayoría de los machos lo hacen aún menos, ya que las hembras sólo se aparean con el macho que haya vencido en la contienda con otros. Es más, las hembras de los primates salvajes (a excepción de los bonobús), tienen relaciones sexuales aún con menor frecuencia que las de otros mamíferos.
Más fresco y desahogado, hacia 1610, un manuscrito sin autor conocido, se inserta en la poesía erótico-pornográfica del Siglo de Oro español

-¿Qué me quiere, señor? -Niña, hoderte
-Dígalo más rodado. -Cabalgarte
-Dígalo a lo cortés. -Quiero gozarte
-Dígamelo a lo bobo. -Merecerte

Si es cierto que, como escribiera Reinaldo García Ramos, hay dos maneras básicas de ubicar un poema en relación con el momento de su composición: o bien tratar de circunscribirlo a su hora, a su momento exacto; o, por lo contrario, opacar o desatender esa vinculación, y considerar el texto una entidad atemporal, desligada del aquí y del ahora, y tal vez más cercana a lo eterno; si eso es cierto, digo, la inflexión intimista, confesional y a ratos transgresora en la obra de Pereira Meléndez, subvierte para implorar urgentes fórmulas de libertades y exoneraciones muy propias.
Manumiso de toda opresión pasada, presente o futura, Leonardo, apoyado con tales miras en Cavafy, renuncia al artificio de cualquier patrón moralista aplicado a su obra, y a su vida, y decide trascender, más tarde, a los barrotes de sus limitaciones terrenas, al encontrarse con que, ya, “ser hombre no garantiza nada”.
“Yo soy/ sólo soy”, es su forma de pregonarse libre. Libre en él. Libre en la libertad de su conciencia, en la pristinidad explícita y honesta de su verbo.
Así, desmigaja mitos. Se revela y hace mofas ante los monumentos de la costumbre y la razón fundada. Pudiera decirse que insulta prejuicios, normas. Ahora mismo, si usted aguza el oído, podrá sentir cómo se desternilla frente a los escrúpulos más consagrados.
Es ígnea la poesía de Leonardo Pereira Meléndez.
Es tentación abrasadora, confesión escueta, lampiña –“desnuda”, dice Briceño Álvarez–; rubor flagrante e imprevisible que hormiguea en el rostro de todo lector desprevenido, en el aliento y sofoco de todo espontáneo descifrador de su galería de imágenes desgarradas.
Sturm un drang, esto es, tormenta e impulso. Es la sabida explicación que los románticos alemanes daban a los giros constantes de afirmación y negación respecto a la tradición literaria.
La expresión corta, pero incisiva, y hasta cruel, es el método y el pretexto de Leonardo para relatar su alegato poético.
Y cada voz, cada énfasis, cada entonación, es a la misma vez un silencio, una mudez sin treguas, despiadada, que retumba mucho tiempo después aún en nuestros cerebros y juicios, y cae como piedra maciza en las quietas aguas de un pozo insondable. Y nos sacude, y nos emplaza, y nos delata.
Bretón y sus seguidores ya advertían que la poesía no es sino “el lenguaje de lo inexpresable”, “el verbo en su calidad de sonda lanzada hacia lo profundo del hombre".
Así como el concretismo asigna a la palabra un valor fundamental, en su dimensión semántica, fónica y visual; y en el poema semiótico la forma geométrica sustituye a la palabra; y en el poema/proceso es la forma iconográfica la que resta brillo y poder al sentido del verbo; en la poseía de nuestro Leonardo son sus asombros amorales; es la confesión, agónica y cuestionadora; es la parca inspección vuelta imagen; son sus silencios intimistas; y su formidable reclamo de libertades, los valores que presiden la palestra.
Es, más que su búsqueda expresiva, su ética. Es su compromiso.
Saramago lo ha planteado hace poco en estos términos: un escritor es un ciudadano, y el deber de todo ciudadano es revelar, denunciar, luchar y participar en el inmemorial debate entre las fuerzas del mal y del bien.
En estos tiempos agostados de crisis y riesgos, no puramente económicos, sino, sobre todo, espirituales, quizá sea la poesía el único bien que ahora subsiste en pie. Incólume. Incorrupto. Creíble.
Quizá sea lo único que nos queda. La poesía. Es todo.
De entre estas cenizas que ahora despiden desesperanza y pestes de muerte, tendremos que renacer.
Celebremos entonces a Leonardo y a su Paloma de luto.
Brindo por el autor, y por éstos, los funerales de su vida, que en su talento, en su poesía ígnea, luminosa, habrán de ser, no lo dudo, rito del génesis perpetuo, ceremonia imborrable.
Muchas gracias.

DON JUAN RÓMULO TIMAURE MELÉNDEZ







Cada vez que voy a San Cristóbal, viene a mi mente El llano en llamas, del escritor mexicano Juan Rulfo, porque la vida bucólica de este pueblo se amolda a los sueños y a la memoria que encierra sin consonancia la noche que nos mata como simples mortales, acercándonos cada vez a los dioses inmortales. Esta vez me tocó ir acompañado de mi hermano Luis Alberto Meléndez, y de mi cándido amigo Edgar de Jesús Herrera, a la última noche de don Juan Rómulo Timaure Meléndez, hijo de la tierra silvestre, que solo pare hombres heroicos, osados, de pelo en pecho, hacendosos y celosos por la faena diaria, como don Ciriaco Almao, don Pedro Montes de Oca, don Erasmo Aponte y tantos otros que ya se han ido sin irse, porque al igual como ocurre en Comala, los que mueren no se van, se quedan como fantasmas, por eso no es extraño encontrarse en el camino desolado, encantado que une al caserío, separado solo por esa inmensa quebrada, que de cuando en cuando arroja ímpetus y ardores en las cabeceras, a don Erasmo Aponte, a mi tía Betilde Meléndez de Aponte, a don Talano Lameda, a su esposa doña América de Lameda, que se forja no en forma divina, mítica, sino humana, porque nunca se fueron, están allí en la evocación, que es el final de la vida. San Cristóbal es un pueblo pródigo, espléndido, munífico, bizarro, porque así son sus habitantes, olimpo ideal, que ni el mismísimo William Faulkner llegó o pudo imaginar siquiera. Esa noche, su última noche entre los vivos, don Juan Rómulo Timaure Meléndez, conversó con cada uno de sus hijos, y luego con su amada y fiel esposa, doña Baudilia Sisiruca de Timaure, mujer sin par, inseparable, que lo acompañó por muchos años y seguirá haciéndolo, porque en su memoria vivirá por siempre. En San Cristóbal cada árbol tiene su propio olor y zumbido, ninguno se parece a otro; pero todos se parecen a don Rómulo Timaure, así a secas, como lo llamaban parientes y peregrinos, como lo llama y seguirá llamándolo su madre, doña Fidelina Meléndez, sobrina de mi abuelo, don Manuel Jesús Meléndez Camacaro, todos resuenan para perpetuar el gran luchador social que se fue el 5 de Mayo de 2007, al preclaro prohombre que nació un 6 de Julio de 1936, para quedarse siempre anclado principalísimamente en el corazón de un pueblo que se desbordó, en lágrimas, puras como el alma de un niño, para despedir –sin irse—a uno de sus más esclarecidos hijos. “Este pueblo ya no será igual”, oí decir en esa lóbrega y calmada noche a una linda y lozana muchacha que nunca había visto y que de seguro era forastera. No quise explicarle que nadie muere en este pueblo. Que en ese cerrito, donde hay tantas cruces, donde reposan los restos del niño Valentín y allá, más arriba, en el cerro donde vive mi tía Chira Meléndez, están los de Abrahán, los dos hermanos de doña Goya Meléndez, mi mamá, que cada vez que sabe que voy a San Cristóbal me dice “acuérdate de pararte en la cuestecita y préndele un velón a Valentín”, sin saber que cuando llegó a casa de don Alcido Meléndez, y me acuesto en esa frondosa hamaca a dormitar el cansancio urbano, la risa e hilaridad de esos niños no me dejan empuñar el sueño. Una que otra vez, he visto a mi tía América limpiando su telúrica morada y a mi tía “Tilde” entrando en la inmensa cocina que dio, da y sigue dando de comer a quienes llegan por vez primera a San Cristóbal. Es común sentarse en la placita y ver a muchos de mis ancestros deambular por doquier. Ellos no saben que soy su pariente. Yo sí. Porque solo basta mirarlos fijamente a sus ojos, verle la tristeza que nos caracteriza a los Meléndez, para saber que provenimos del mismo bosque genealógico. Algunos sí me reconocen y preguntan por mi mamá. Un hombre virtuoso, respetable, tan casto e inmaculado como era don Rómulo Timaure nunca muere. “Mi padre era un hombre sabio…Tenía respuesta para todo”, me dijo su hijo mayor Miguel Timaure. Él sí conoce el sortilegio de San Cristóbal. No quise explicarle a esa ninfa de piel olorosa a cemeruco que nadie muere en mi pueblo. Tal vez, digo, sabiendo que vendrá, cuando venga el próximo mes de Enero a las fiestas de éste empinado pero soberbio caserío, no se sorprenda si encuentra a don Rómulo Timaure procurando que todo salga bien, que nadie se valla sin comer en su casa, que todo el mundo se sienta contento para que nunca deje de venir el año entrante, y que nadie, ni siquiera yo, deje de oír la misa del Padre José Gregorio Quero, hijo de Dios que lo cautivó el enigma de San Cristóbal.

¡A TU SALUD!...MIGUEL

“No envidio a los que saben más que yo,
pero me compadezco de quienes saben menos”

T. Browne


Ésta semana, como habrá observado el desocupado lector, no salió mi asidua columna jurídica. Múltiples razones podría aducir, pero la menos académica, es que he pasado estos días ebrio de emociones, y, obviamente, emborrachado de recuerdos, claro está, acompañado de inacostumbradas resacas, por culpa de mis perversos cuán cándidos amigos, como lo son, Juan Perera Montes de Oca, Publio Cordero, y Franklin Piña, el menos maquiavélico de estos tres cómicos de la lengua, lumbreras como Miguel Prado, quien ha tenido la elegancia de escribir un libro acerca de mi poesía y de mi prosa ensayística, hermosa y pomposamente titulado: Los demonios interiores en la poesía de Leonardo Pereira Meléndez, editado bajo el patrocinio del Ateneo de Carora Guillermo Morón, bajo el cuidado de Gilberto Abril Rojas, buen escritor, buena pluma, pero que no empina el codo como sí lo hace el Prof. Emerson Corobo Rojas, cronista sin sueldo, empeñado en rescatar la historia de la patria chica. Tengo motivos para estar embriagado, pues, que un literato de la casta de Miguel Prado se haya ocupado de un escritor de provincia, como soy y seré siempre, hacedor de lluvia, cuyo mérito no es otro que ser hijo de Gregoria Meléndez, mujer de pueblo, mujer trabajadora, analfabeta, que sin haber ido a la escuela aprendió a leer y escribir por su cuenta, y levantó, a punta de esfuerzos virtuosos, a nueve hijos, y pudo construir un sólido e envidiable hogar, con la ayuda, de otro gran hombre, trabajador sin par, amante de la lectura, de cuya pasión por los libros y periódicos adquirí, desde que tenía unos ochos años, noble viejo, a punto de cumplir 83 años, que es conocido como don Polito, porque se llama Hipólito Antonio Álvarez, y tiene la costumbre de agregarse el Betancourt, simplemente por la omisión del abuelo don Monche Betancourt, omisión que también yo he heredado; sin embargo, por mis venas, llevo mezclada la sangre Melendera con la sangre Betancuoriana, de allí, mi inteligencia, y bueno, según mi tía Elda Betancourt, soy tan buenmozo como lo era don José Ramón Betancourt Navas, su abuelo, es decir, mi bisabuelo paterno. Tengo motivos para estar embriagado. Don Javier Oropeza, el “don” no es por viejo, sino por adinerado, dueño de dos periódicos, clarividente, porque en el año 1988, cuando bautizo, con aguas del río Morere, mi primera obra poética, Yo Soy Hijo de Gregoria Meléndez, editada por el Centro de Estudios e Investigaciones “Antonio Herrera Oropeza”, dijo que éste poemario mío mi haría rico algún día. ¡Dio en el clavo! Ya que quien tiene un amigo, un verdadero amigo, es rico. Por dinero no me preocupo—las vainas de mi pana Iván Ferrer Carrasco se me están pegando--- porque si no tengo para pagar mis glaciales cervetanas en El Páramo o en El Campestre, en ambos me fían, aunque a veces el risueño “Bole” se ponga bravo, y don Beto Herrera, se haga el loco conmigo. Teníamos veintidós años cuando se publicó mi primer libro. Ello constituyó un escándalo. A mi madre la llamaron por teléfono para recriminarle mi demonial conducta. Mi abuela, mama Teresa, me llamó a su casa un día para decirme: “Hijo, no le pare a eso, siga escribiendo, a mi me gustó…”. En algunas instituciones prohibieron su lectura. Y todo, porque en uno de mis poemas dije que no recordaba de quién era las pantaletas de alguien, que hoy día, a casi veinte años después, juro que no recuerdo ni el nombre de esa beldad mujer y ni siquiera dónde escondí tan íntima prenda. Que yo sepa, el generalísimo don Francisco de Miranda, coleccionaba los vellos de las damas que le hacían el favor de apaciguar el estruendo de sus luchas revolucionarias, y más de una vez, guardó en sus baúles, una que otras pantaletas, como simples trofeos. Juandemaro Querales, que siempre me trae revistas, diarios y libros, para que explaye mi tosquedad literaria, puso en el año 2000, una revista merideña, dirigida por el ya tributario de la tierra y uno de los mártires de la revolución bolivariana, Giandomenico Puliti, nombrada Quórum- Con el Arte y la Cultura, editada en Tovar, entre los meses enero-abril, en cuya página 10, leímos un poema de Yaquelín Fermín, titulado Mi Amante, cuya lectura obsequiamos, a mis fervientes lectores: “ Tú que estas ahí/constante, presente ,alucinante./Mi amante imaginario/Ese que me hace privar/al pensar en él/que me hace sentir sin haberlo sentido/que me hace llegar sin haberme penetrado/Ese que no se porqué aún/ no ha llegado…” Y hablando de bardos merideños, cometería un pecado sino menciono a Luis Gerardo Gabaldón, abogado penalista, Profesor Titular de Derecho Penal y Criminología de la Universidad de los Andes, con postgrados en Perusa, Roma, París, Cambridge y Albaquerque, autor de Susurros y Gemidos, un poemario solo para mujeres, en cuyo interior trepidan las imagines de una guapa mujer desnuda llena de vida de colorido que es percibida como si fuéramos dioses griegos. Al poeta Eddy Rafael Pérez, no lo nombro, porque no es merideño, aunque viva en Mérida, y además, porque si su esposa, alcanzara a leer lo que pensaba escribir de él, se arma un pamparancho, y es capaz que deje de hablarme como lo hizo con el negro Tito Núñez Silva. Tengo motivos para estar embriagado. Que mi columna hoy aparezca en una docena de periódicos venezolanos, que cuente con camaradas como don Joel Suárez, don Juandemaro Querales, don Eddy Rafael Pérez, don Gilberto Abril Rojas, don Pedro Claver Herrera, don Javier Oropeza, don Juan Perera, don Franklin Piña, don Emerson Corobo, don Jesús Meléndez, don Ramón Pérez Linarez, don Andrés Blasini, don José Ángel Ocanto, don Iván Ferrer Carrasco, y que don Miguel Prado, se ocupe de mi poesía, es para pasar una semana, haciéndole loas al dios Baco y rezando para que no me corran de mi casa. ¿Dios mío, de quién era esa pantaleta? A tú salud, Miguel.

sábado, 13 de octubre de 2007

POEMAS TRASNOCHADOS

POEMAS TRASNOCHADOS





Mi temor no es cumplir la penitencia
No es necesario esculcar la llaga
Soy un animal efusivo de fácil
/amaestramiento

Créeme
Nadie dividirá el espacio,
Con tus perfectos glúteos
/ en mis manos
Esta noche el universo es mío

EL VALOR PROBATORIO DEL ACTA DEL DEBATE

EL VALOR PROBATORIO DEL ACTA DEL DEBATE







El Artículo 368 del Código Orgánico Procesal Penal, señala que: “Quien desempeñe la función de secretario durante el debate, levantará un acta”, donde se formará la representación de cómo se desarrolló el juicio oral y público. Por otro lado, el artículo 370 eiusdem, contempla que: “El acta demuestra el modo cómo se desarrolló el debate, la observación de las formalidades previstas, personas que han intervenido y actos que se llevaron a cabo”. Para el jurista patrio, Dr. Jorge Villamizar Guerrero, el acta del debate, “constituye el medio idóneo e imprescindible”, que las partes tienen para demostrar sus afirmaciones, en la oportunidad de interponer recurso de apelación o de casación, ya que, con ello, revelan o hacen ver a la instancia superior los vicios del tribunal Ad Quo. Eric Lorenzo Pérez Sarmiento,* Doctor en Filosofía del Derecho, asevera que el valor probatorio del acta del debate se afinca en que la misma “se consignan, con valor de prueba documental y oponible erga omnes iuris tantum, todas las evidencias notables que pueden ocurrir en el debate oral y público”. Lógicamente, coincido con Pérez Sarmiento, en el sentido de que si alguna de las partes, no está conforme con lo que el secretario escribió en el acta del debate; podrá demostrarlo a través del registro del juicio oral y público, que es inexcusable so pena de ser decretada la nulidad absoluta del juicio; tal como lo anuncia el artículo 334 de la Ley Adjetiva Penal; puede también materializar sus aserciones, con la prueba testimonial, pues no se debe soslayar lo acordado por el legislador procesalista penal , al señalar que “será admisible la prueba testimonial” en caso de que la parte recurrente no pueda ofertar el medio de reproducción como prueba; bien sea ejecutando un recurso ordinario o extraordinario. ¿Debe dejar el Secretario del Tribunal de Juicio constancia en el acta del debate, un resumen de lo que dijo cada órgano de prueba (testigo) en el juicio oral y público? Si tomamos en consideración que la Corte de Apelaciones, no podrá examinar ni analizar las pruebas, por no haberlas presenciado; toda vez que de hacerlo, violaría el principio de inmediación, y naturalmente, el debido proceso; debemos señalar que no es menester que el secretario del tribunal deje constancia en el acta del debate un resumen de lo que dijera el testigo, o un resumen del contenido de la prueba documental. Ni siquiera la Sala Penal del Tribunal Supremo de Justicia, podrá analizar o estimar de nuevo las pruebas, y fijar hechos distintos que de ellos se deriven, por cuanto su obligación se limita, a la comprobación del acatamiento de las reglas de derecho adaptables a la polémica. ¿Cuál es entonces el objetivo del acta del debate? Según la Sala Constitucional del Máximo Tribunal de la República, es “reflejar o dejar constancia en autos, del desarrollo y la forma como se efectuó el juicio oral, a los fines de concretar los también principios básicos que rigen el proceso penal, como son la inmediación, contradicción, concentración y publicidad, y es por ello que, a tales propósitos es que se ciñe su valor, conforme lo previsto en el artículo 370 de la Ley Adjetiva Penal”. (Exp. 04-2907. Sentencia Nº 2224; 29-07-05; Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia. Ponente: Dr. Jesús Eduardo Cabrera Romero).



* El Dr. Eric Lorenzo Pérez Sarmiento, en su magna obra, Comentarios al Código Orgánico Procesal Penal, explica que el acta del debate puede ser sucinta o exhaustiva, y aspira que más temprano que tarde, en Venezuela, se aplique la completa reproducción de los juicios orales y públicos. Es de señalar, que ya el Dr. Pérez Sarmiento acaba de publicar la quinta edición de su libro más vendido: Comentarios al COPP, actualizada conforme a la reforma al COPP, del 4 de Octubre de 2006. Es innegable su sapiensa como su sarcasmo. No creemos que haya en el país un solo abogado penalista que no tenga en su biblioteca, al menos, un libro de este autor, envidiado por muchos y querido por pocos. Empero, nadie como él, se ha ganado el respeto de sus más encarnizados enemigos, y ello—acá entre nos--- es apocalíptico para un simple mortal.

LA DECLARACIÓN DEL IMPUTADO COMO MEDIO DE DEFENSA

LA DECLARACIÓN DEL IMPUTADO COMO MEDIO DE DEFENSA



En nuestra legislación penal, quien ha sido imputado ---en la fase introductoria---o acusado—en la fase del juicio oral y público---puede admitir los hechos atribuidos; y, peregrinamente, la sentencia condenatoria va a apoyarse en su afirmación, lo cual, podría decretarse en su confesión, sin necesidad de materializar otros medios evidenciables. Algunos autores consideran la declaración del imputado como el primer medio de protección o defensa con que cuenta para objetar los cargos que le son imputados ora por el Ministerio Público, ora por el Querellante o Acusador Particular Propio. Otros, como el Dr. Claus Roxin, juzgan que el imputado no “es un medio de prueba en sentido técnico”, porque no puede ser forzado a declararse culpable ni a declarar contra sí mismo. El Código Orgánico Procesal Penal—Art. 125, Ord.9---y nuestra Carta Magna Bolivariana---Art.49, numeral 5---así lo disponen. Naturalmente, nuestra legislación sigue la tradición del sistema euro continental. Sin embargo, Roxin opina que cuando el imputado “sea examinado en relación a su estado psíquico o corporal; (omissis) así como cuando se lo confronta con un testigo”, es la única forma de que el imputado sea considerado como medio de prueba en sentido técnico. La Ley Procesal Penal---reformada por segunda ocasión el 14-11-2002, y según tengo entendido ésta semana será centro de su tercera reforma---- en sus artículos 347, 348, y 349, relacionados con la actividad procesal del juicio oral, regula la declaración del imputado, robustecido por el derecho que tiene toda persona a ser oída, en cualquier lapso o grado del proceso, según lo prevé el Art. 49, Ord. 3 de la Constitución Nacional de la República Bolivariana de Venezuela. Uno de los cardinales derechos que tiene el acusado en el juicio oral es enterarse de todo lo que se exprese y le pueda perturbar, razón por lo cual, concuerdo con el Dr. Eric Lorenzo Pérez Sarmiento, al afirmar que la autoridad o potestad que el Art. 348 del COPP confiere al Juez Presidente, de alejar al imputado de la sala cuando declaren otros coimputados, es violatorio del Art. 49 numerales 1 y 3 de la Constitución Nacional. Se opone incluso a la normativa contemplada en el Art. 125 numeral 12 de la misma Ley Adjetiva Penal. La defensa técnica del imputado la ejerce el letrado, quien de acuerdo a la estrategia que ambos hayan acogido, podrá refutar los cargos, promover pruebas, materializarlas, hacer todo lo indicado y permitido para una mejor defensa jurídica; empero, la defensa material la ejerce el propio imputado, declarando y previniendo, enérgicamente, en los actos de investigación (fase introductoria o preparatoria) y actos de pruebas (fase de juicio oral y público); o bien, absteniéndose de hablar o realizar cualquier acto procesal. Puede comparecer espontáneamente, con su defensor técnico, a declarar por ante el Ministerio Público; aunque puede exigirle al Juez fijar una audiencia oral para que se le tome declaración. Acertadamente, el Dr. Luís Miguel Balza Arismendi, conceptúa que “la declaración es el medio de defensa predilecto del procesado”, por lo que es “casi su único medio efectivo de lucha en contra de todo el gran poder que se le viene encima”. El imputado puede declarar cuantas veces quiera, cuantas veces lo considere necesario para su mejor defensa material; evidentemente, debe hacerlo con asistencia de Defensor Técnico, ora público designado por el Estado; ora privado, nombrado por él o por sus familiares. Si los jueces y fiscales del Ministerio Público, excluyen esta norma, se descerraja abruptamente el derecho de defensa del imputado. Juan Montero, en su obra Principios del Proceso Penal, apunta que la declaración del imputado “es más un medio de defensa que un medio de prueba”. En tanto, el Dr. Julio Elías Mayaudón, es del criterio, que la declaración del imputado en la fase preparatoria constituye “un elemento de convicción, que le va servir al Ministerio Público, para decidir el acto conclusivo”; en cambio, en la etapa del juicio oral constituye “un medio de prueba de donde el juzgador puede apreciar elementos” para resolver el pronunciamiento definitivo. Hemos dicho que el imputado puede declarar las veces que considere inevitable para su mejor defensa material, en cualquier período del proceso, y según el Magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, Julio Elías Mayaudón, éste puede hacerlo: “l. –Al inicio del debate probatorio. 2.-Después de presentadas las pruebas de la Acusación. 3. Inmediatamente después de una determinada prueba de la acusación; 4. Al final del debate probatorio o antes de que el tribunal pase a decidir”. El primer acto de defensa del imputado es su declaración. Cuando decide hacerlo, está en capacidad de presentar su exégesis de los hechos, ofrecer pruebas, controlarlas, intervenir en todos los actos judiciales del proceso, negarse a declarar; ese es su derecho, digamos, primario. Es un derecho personalísimo. No tiene el deber de decir la verdad; puede mentir sí así lo considera pertinente para su mejor defensa técnica y material. Alberto M. Binder, sustenta que la consecuencia más importante de la declaración del inculpado es que “del silencio del imputado, de su negativa a declarar o de su mentira no se pueden extraer argumentos a contrario sensu”, valer comentar, no puede ser esgrimido en su contra porque ello no engendra secuela alguna de incumplimiento. En mi opinión, si aceptamos que el imputado puede mentir, guardar silencio; declarar cuantas veces quiera, ello nos permite concluir que, en efecto, la declaración del imputado, es un medio de defensa. Si bien algunos autores, como Eddie Alvarado Vargas, piensan que la declaración del imputado o acusado, “no es un medio de prueba ni un medio de defensa sino un acto procesal de carácter complejo destinado a garantizar el derecho del imputado a ser oído frente a la acusación que existe en su contra, constituyéndose en un espacio que puede ser fuente eventual de prueba de o de y que según las circunstancias concretas puede exteriorizarse como medio de defensa o como un medio de prueba, sin perder, en ello su verdadera esencia”; no estamos de acuerdo con está aseveración, puesto que el proceso penal está compuesto por la materialización de actos procesales, es decir, por manifestaciones de voluntades humanas, sean estos medios de defensas o herramientas u órganos que valen, en su momento, para confirmar el estado de los hechos en el proceso penal. En Venezuela el imputado no está compelido a declarar, y si acepta a exteriorizar su alegato, lo hace sin juramento; mientras que en otras legislaciones, verbigracia, en el sistema angloamericano, si el acusado solicita declarar, lo hará como un testigo cualquiera, sin prerrogativa alguna, esto es, tendrá que hacerlo bajo juramento y si se descubre que miente será enjuiciado y penado, probablemente, por el delito de perjurio.